Bálsamos para una mamá desanimada

Desanimarte te daña, y daña a los que mas amas. Te roba las energías, te abruma, te desinfla. No lo permitas. Tú eres valiosa, única y suficiente.

Marilú Ochoa Méndez

Cuando mis hijos se lastiman, corren a contarme lo que ha ocurrido, me muestran su herida o golpe, y me piden que los cure.  En ocasiones, les pongo pomada o algún medicamento, pero casi siempre, lo que los calma, es mi mirada cálida e interesada, recibiendo aquello que los ha descolocado, y abrazándolos con cariño.

Procuro validar lo que han pasado, reconociendo que duele, procurando revisar la causa del daño, para evitar que suceda de nuevo. Una vez que se han sentido atendidos, casi siempre vuelven serenamente a jugar.

Pero los adultos no la tenemos tan fácil. Cuando tropezamos, estamos dolidos y rotos, tendemos a ocultarlo, encerrándonos en una desafortunada creencia de que somos los únicos que la pasan mal, dándonos de topes por los errores cometidos o nuestra incapacidad de resolver una situación.

También las madres caemos en esta situación

En ocasiones, las madres caemos en esta trampa también.  Juzgamos superficialmente que la señora del parque, la que miramos en la red social (ente otras), no sufren como nosotras, están siempre seguras, no se tropiezan tanto ni tantas veces.  Y crece en nuestro corazón un desánimo, una tristeza profunda que nos van arrastrando, y nos agota terriblemente.

El presente texto busca brindarte un bálsamo al corazón, para que salgas de esa trampa que te autoimpones, para que seas mas amable y considerada contigo, para que reconozcas tu gran valor, belleza y potencial. ¿Iniciamos?

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Primero, algo que seguro te ha pasado

El otro día estaba buscando mi celular. Al fin había dormido a mi bebé, así que iba a tender la ropa de la lavadora, y siempre que lo hago me doy el lujo de escuchar mis listas de música o alguna conferencia.  Duré algunos minutos buscándolo, y estaba comenzando a molestarme, así que le pedí ayuda a mis hijos.  Tenía la canasta para colocar la ropa en una mano, y fui al comedor a quejarme de mi mente dispersa, para que mis hijos encontraran mi dispositivo.

Me distrajo la risa de mi hija de 13 años, pues solo con pararse de la silla, lo encontró.  Sin darme cuenta, había estado todo el tiempo adentro de la canasta.  Al final, me reí con ella, y le agradecí su disposición y salí satisfecha.

Tú, que sufres y te agobias, buscas afuera lo que tienes dentro.  Sí, tal vez necesites terapia, tal vez necesites vacaciones, o una larga siesta, pero quitando esas soluciones accesorias que seguro te darán descanso, tienes frente al espejo a la mujer más maravillosa, digna y capaz de asumir el reto de sacar a tu familia adelante, solo que estás demasiado dispersa, y no lo alcanzas a ver.

Ojalá pudieras verlo

Hace años leí una frase preciosa que procuro repetirme a diario: «Ojalá te trataras a ti misma con la consideración y respeto con que tratas a los demás«.  Me encanta, porque me saca de la cadena de juicios que me atrapa a veces.

En ocasiones, cuando nos tratamos mal a nosotras mismas es porque sentimos que no «damos el ancho», que no somos suficientes. Lo que ocurre es que dejamos que las expectativas nos desinflen y nos hagan dudar de nuestra capacidad.

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Tenemos una idea equivocada de nuestro «valor»

Es que el consumismo, la efectividad y la practicidad del mundo nos confunden. Pero tú no eres un cereal, ni un producto a la venta, eres una persona. Tu valor va mas allá de tus acciones positivas o negativas, eficaces o ineficaces. Tu valor está en ti, en tu potencial, en tus posibilidades.

Eres mujer, eres mamá. Ahí está tu grandeza, tu tesoro, tu valor y también tus posibilidades.  No eres la primera que falla, ni la última. Este error que te agobia, probablemente se repita, o se agrave, pero -ninguno te quita tu valor-.

El error está en nuestras expectativas y prejuicios

Es que no cocinas. Entonces, piensas erróneamente que eres mala esposa y mala madre, porque tu vecina hace el pastel de queso más delicioso del mundo, y tú no puedes ni hervir unos huevos.  ¡Alto ahí!, ¡no pasa nada! Deja de atorarte en lo superficial.

Si cuidas a tu familia, cuidas tu hogar y te cuidas a ti, estás haciéndolo bien.  Si hay algo que te impida hacer las tres cosas enlistadas al inicio de esta oración, haz el propósito de lograrlo cada vez mas y mejor, y anímate en cada intento, pero recuerda centrarte en lo fundamental, y no en lo accesorio.

Cuidar significa ocuparse de otros, atender sus necesidades.  Si tú te ocupas en que alguien cocine, y te aseguras de que los tuyos tengan alimento saludable y caliente en la mesa, ¡tarea completada!, no necesitas agobiarte porque haya salido precisamente de tus manos.

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Dedícate a hacer crecer tus talentos

En lugar de recriminarte por ser «perfecta» (situación que -por favor no lo olvides- compartes con todas las mujeres del mundo), impulsa en ti tus áreas de riqueza y de luz. Está bien, no cocinas, pero no hay nadie más cariñosa que tú.  Entonces, muestra tu cariño de todas las formas posibles, dejando fluir tu riqueza al cuidar y atender a los tuyos.

Acepta que no siempre darás el ancho

Esto será sanador para ti: aceptarte y reconocer que no puedes hacerlo todo, ni hacerlo todo bien.  Pero sí puedes hacer lo posible con tu posible.  Sí puedes entregar tu alma, corazón y vida para dar lo mejor a tu familia, y debes aceptar amorosamente tus límites, y reconocer en ellos tu riqueza.

Mamá querida, desanimarte te daña, y daña a los que más amas. Te roba las energías, te abruma, te desinfla. No lo permitas. Tú eres suficiente, por favor, no lo olvides.

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Marilú Ochoa Méndez

Enamorada de la familia como espacio de crecimiento humano, maestra apasionada, orgullosa esposa, y madre de siete niños que alegran sus días. Ama leer, la buena música, y escribir, para compartir sus luchas y aprendizajes y crecer contigo.