¿Conoces lo que dice la Biblia sobre el dinero? Lee esto y te sorprenderás

¿Eran gratos a los ojos de Jesús los ricos? ¿es verdad que es difícil que ellos se salven? Esto es lo que dice la Bibla al respecto.

Marilú Ochoa Méndez

¿Es malo tener dinero?, ¿es verdad que los ricos no entrarán al Reino de los Cielos? ¿Apreciaba Jesús a los ricos, o se dirigió en su vida terrena solamente a los pobres, enfermos y necesitados? ¿Tienen que ver nuestras finanzas personales con nuestra vida de fe? Esta y otras muchas interrogantes, buscaremos responder en el texto que sigue. Acompáñame.

Refiriéndose al dinero, y al amor a las riquezas, Jesús pronunció palabras terribles. Un ejemplo de ellas es la que recoge San Mateo en su Evangelio: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el Reino de los Cielos» (Mt 19: 24).

En otra ocasión, Jesús se molestó mucho con los mercaderes que comerciaban en el Templo de Jerusalén, y su reprensión llegó a tal extremo, que incluso los corrió de la casa de Su Padre. ¿Qué podremos concluir entonces? Sigamos leyendo.

Jesús amaba a pobres y ricos por igual

Zaqueo, José de Arimatea y María Magdalena fueron solo algunos de los amigos ricos que tuvo Jesucristo. Y al revisar las Sagradas Escrituras, no encontramos en ningún momento que él las despreciara o tratara diferente debido a ello.

Lo que sí podemos leer es que estas personas, al encontrarse con Él, tomaban decisiones radicales. Veamos por ejemplo el caso de Zaqueo, que según San Lucas, era un hombre muy rico.

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Cuando supo que Jesús pasaría por Jericó, quiso verlo y estar con Él. Para su sorpresa, Jesús tenía la intención de visitar su casa ese mismo día.  Al encontrarse frente a frente, Zaqueo le dirigió estas palabras al Maestro:

«He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.  Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lc 19, 8-10).

Aprender a utilizar los bienes para lo que son

El problema de Jesús no era ni contra los ricos ni contra las riquezas. Es ahora en el Evangelio de San Juan donde leemos que en Betania, en casa de su amigo Lázaro, su hermana María: «trajo unos trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy caro, y perfumó los pies de Jesús; luego se los secó con sus cabellos. Y toda la casa se llenó del aroma del perfume» (Jn 12, 3). Entonces, Judas Iscariote, reclamó el gasto, diciendo: «—¿Por qué no se ha vendido este perfume por el equivalente al salario de trescientos días, para ayudar a los pobres?«, pero el evangelista nos advierte que esto no lo comentó porque le interesara los pobres, sino porque estaba apegado al dinero.

La respuesta de Jesús a este acto nos aclara mucho su actitud frente al dinero, pues él defendió a la mujer contra la acusación de Judas. Con ella, quería hacer ver que está bien utilizar los bienes para lo que son. En este caso, Jesús comentó que María lo ungía por su próxima muerte.

¿Dónde está nuestro tesoro?

Este episodio con el apóstol Judas nos revela mucho, pues su irritación contra el «desperdicio» de María al verter el perfume en los pies de Jesús, no estaba basada en el amor a los necesitados, sino en su afán de contar las monedas, pues él robaba de la bolsa común.

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Esto nos lleva a otra frase importante que recoge el texto sagrado: «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón« (Mt 6, 21).  El claro que el corazón de Judas estaba en el dinero. ¿Dónde está el nuestro?

Si cuentas con una situación económica que te permite vivir de manera desahogada, o si pasas por una estrechez económica, aún debes hacerte la misma pregunta. Existe el caso de quien contando con recursos, sabe despegar su corazón de ellos y entregar a los necesitados su parte, cumpliendo este mandato del Señor: «A los ricos de este mundo, mándales que no sean arrogantes ni pongan su esperanza en las riquezas, que son tan inseguras, sino en Dios, que nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos» (1 Tim 6, 17).

También existen personas que viven en escasez o pobreza y suspiran amargadas con resentimiento frente a su situación, esparciendo la división a su alrededor. Otros, en cambio, saben agradecer lo que sí tienen, logrando buscar los bienes del Cielo. Estos últimos comprenden el mensaje del Salmo 37:

«Más vale lo poco de un justo
que lo mucho de innumerables malvados;
porque el brazo de los impíos será quebrado,
pero el Señor sostendrá a los justos.» (Sal 37, 16-17)

La bendición del Señor trae riquezas

En Mateo, podemos leer una indicación clara de cuál debe ser la prioridad de un seguidor de Cristo, pues él nos indica «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia divina, que lo demás vendrá por añadidura» (Mt 6:33).  En Proverbios, también leemos: «La bendición del Señor trae riquezas,
y nada se gana con preocuparse» (Prov 10, 22).

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¿Cuál es este Reino de Dios que debemos buscar cada uno sin afanarnos por la riqueza de este mundo que se esfuma? Pablo nos responde en su primera carta a Timoteo: «Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción.» (1 Tim 6, 9). Y ¡volvemos al tema de la importancia de nuestras prioridades, y dónde ponemos nuestro corazón!.

Nuestro afán debe ser el mismo que reza el Padrenuestro, que el mismo Jesús nos enseñó:

1 Orar para que venga a nosotros su Reino, es decir, que nos amemos unos a otros cada vez más y mejor.

2 Luego, que perdonemos a quienes nos ofenden y pidamos asimismo perdón por las ofensas que hagamos nosotros.

3 También nos invita el Hijo de Dios a pedir nuestro pan de cada día, y oramos para que nos libre del mal.

Entonces, ni la riqueza ni la pobreza son necesarias para amar a Jesús. Más bien, el planteamiento es al revés. En la pobreza y en la riqueza, estamos invitados a amarlo profundamente, en situaciones difíciles y cómodas, respondiendo al amor incondicional que Él ha tenido por ti y por mí.

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Marilú Ochoa Méndez

Enamorada de la familia como espacio de crecimiento humano, maestra apasionada, orgullosa esposa, y madre de seis niños que alegran sus días. Ama leer, la buena música, y escribir, para compartir sus luchas y aprendizajes y crecer contigo.