Cortar las alas de tus hijos los llevará a fracasar

Los hijos necesitan la guía de sus padres, debemos aprender a respetar sus sueños y acompañarlos en su camino.

Erika Patricia Otero

Cuando era pequeña quería ser doctora. Esos sueños de querer sanar a las personas cambiaron a lo largo de los años. Soy consciente al decir que el sueño de ser médico cambió; esto debido a la influencia directa de mis padres y sus gustos. Mi padre, por ejemplo, siempre tuvo un apetito increíble por la lectura, así que en casa siempre hubo libros de todo tipo a los que yo tenía acceso.

Fue así como desde muy niña comencé a leer a Bram Stoker, Agatha Christie, Stephen King y un largo etc. No voy a decir que siempre comprendía lo que leía, por supuesto que no, eran lecturas «pesadas» para una niña de 11 años. Sin embargo, en la escuela descubrí a Julio Verne, Jorge Isaacs y otro montón de autores que alimentaron mi imaginación. De ahí mi sueño de ser escritora; aunque pese a eso, tuve un limitante: mi padre.

El gran error de «por mi bien»

Mi papá, creyendo que «era por mi bien» no quiso que fuera a estudiar a otra ciudad Comunicación social y periodismo, carrera profesional que era la que yo creía debía estudiar para hacerme escritora. En cambio, él quiso que estudiara química o medicina -siguiendo el impulso de lo que yo quería ser cuando tenía 5 años-. Me negué, en el bachiller odié química porque no la entendía; además, ver las entrañas de los animales me daba escalofríos. Así que era obvio que no quería estudiar medicina ni veterinaria.

Mi papá, de nuevo con su premisa sobreprotectora y terca que lo caracteriza me dijo: «No voy a dejarte ir a otra ciudad, debes elegir estudiar algo acá». Lo entendí, Colombia a mediados de los 90 estaba en una crisis de violencia gigante. Los periodistas y Bogotá eran el foco de la violencia en el país. Ni modo, tuve que estudiar acá y mi única opción era psicología.

Estudié mi carrera sin mayores percances, me gustaba, pero debo admitir que no me atraía la idea de escuchar los problemas de otros cuando yo era un caos. Mi sueño de ser escritora seguía tan latente, pero a veces se adormecia. Graduarme de la carrera solo abrió incógnitas y obstáculos que nunca pude derribar.

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Trabajé en varias cosas y tuve un empleo maravilloso como psicóloga social en una ONG, pero hasta ahí llegó mi carrera como profesional en psicología. Conseguir empleo era un problema, poner mi propio consultorio era aún más agotador y costoso; el resultado es que me quedé estancada.

Mi escape: escribir

Tiempos de angustia llegaron y mi escape fue comenzar a escribir. Así que comencé a llenar cuadernos de poemas, cuentos y relatos cortos de todo tipo que nunca terminé porque siempre me sentí muy insegura. Pese a eso, era mi escape de la realidad.

Sobreviví más de 5 años a punta de sueños. Conseguí un préstamo, puse un negocio y finalmente me fui de mi país a probar suerte en otro país que solo me demostró que mi lugar era Colombia.

Mi sueño se hace realidad

Un año después de mi regreso, tuve la oportunidad de cumplir mi sueño. Fue entonces cuando las puertas del aprendizaje y de ver publicados mis escritos, productos enteros de mi creación, se dio. Conocí la felicidad, y aunque el camino no fue ni es fácil, puedo decir que de cierta manera hice lo que se supone vine a hacer: escribir.

Claro que más allá de escribir también está el hecho de que mi carrera profesional ayuda mucho. Mi profesión es la que me permite orientar, ayudar y brindar guía o claridad a quien lea lo que escribo. No espero ser ejemplo para nadie, pero si mis experiencia y conocimiento ayudan, entonces, por mí esta bien.

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Los hijos necesitan guía pero también seguir sus sueños

Si algo aprendí, es que los padres deben ser guía para sus hijos en todo momento y lugar. Papá y mamá saben lo que es bueno y malo para sus hijos, sin embargo, también deben dejarlos errar para que se fortalezcan. Si, los padres también tienen una gran desventaja: no ven a sus hijos objetivamente, sino con «los ojos del corazón».

Los padres desean que sus hijos no pasen dificultades o no sufran como ellos sufrieron; nada de malo hay en ello, pero lastimosamente, la única forma de crecer y madurar es cometiendo errores y aprendiendo las lecciones de la vida.

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Muchos padres, por evitar que sus hijos pasen dificultades, les «obligan» a estudiar una carrera profesional que «les dé dinero». El asunto es que al no ser la carrera que sus hijos querían o podían desempeñar, fracasan.  Sin embargo, cuando una persona descubre sus talentos y trabaja en lo que siempre quiso hacer, halla la manera de mantenerse con ese oficio.

No se va a levantar con pereza cada día, obligado a cumplir un horario para mantener un status de vida; que es lo que pasa cuando un adulto se ve obligado a vivir la vida que sus padres querían y no la que él o ella soñaron de jóvenes.

Nada hay de malo en que los padres orienten, guíen y aconsejen; aun así, también deben dejarlos vivir sus propias vidas y alentarlos a que sean los mejores profesionales en el oficio que sea que sus hijos elijan.

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¿El fracaso de dónde surge?

El fracaso profesional se debe a que los adultos se sienten obligados a complacer a sus padres. Nada más terrible que actuar para complacer a otros y ver cómo tus sueños y metas quedan aniquilados bajo el peso de la «expectativa ajena». Hay que ser valientes como hijos para decir a los padres:» Los amo, pero tengo derecho a hacer mi propia vida».

Conozco un joven que debe tener  unos 28 años. Toda su vida se vio forzado a complacer a sus padres tanto en sus estudios como es su creencia religiosa; esto, especialmente lo de la religión, lo destruyó. Hace unos años lo encontré en condición de habitante de la calle, sumido totalmente en la autodestrucción, me contó que su padre -al él negarse a seguir lo que exigía- lo echó de la casa. Nada más terrible que hablar a los demás del amor al prójimo pero que este sea inexistente en el hogar.

Yo solo espero que sigas siendo un buen padre o madre, que apoyes a tus hijos en cada una de sus metas, le guíes y escuches; no sabes lo que los hijos agradecemos esos sacrificios de parte de ustedes, que son ejemplo de esfuerzo y amor.

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Erika Patricia Otero

Psicóloga con experiencia en trabajo con comunidades, niños y adolescentes en riesgo.