El matrimonio y su arriesgado voto de “amarse para siempre”

Es arriesgado, pero apenas justo y digno para saciar la sed de eternidad que hay en las personas. Debemos fomentar el respeto y dignidad del matrimonio de uno y una para siempre.

Marilú Ochoa Méndez

Muchas personas dicen que el enamoramiento es algo que aletarga a las personas.  Los alieniza, pues están tan subidos en las nubes, que construyen castillos en el aire, inician empresas que a los ojos de muchos, son imposibles.

Yo creo que no.  Pienso que el enamoramiento es este momento de locura momentánea que nos permite ver de verdad lo que más importa en la vida.  Es mágico porque nos aleja del ego, de “otras prioridades” y nos maravilla ante la idea de conectar con el otro, de compartir lo más íntimo: nuestros pensamientos, nuestros sueños. 

Sin el enamoramiento, no nos lanzaríamos a la aventura del noviazgo, ni al compromiso del matrimonio, que en muchos casos es una experiencia agridulce, pero bien llevada, lleva al hombre y a la mujer a un estado de verdadera plenitud. 

No es fácil encontrar pareja.  Es algo mágico que una persona que te atraiga y a la que admires desee compartir su vida contigo.  Más raro y genial, es todavía que quiera realizar un compromiso frente a sus amigos y familiares, jurándote amor eterno. Es difícil, ¡pero cómo nos llena el corazón!.

Pero ¡pff! ¡Qué fama tan terrible tiene el matrimonio!, por doquier escuchamos lo que ellos y ellas pueden hacer para hacerse sufrir mutuamente. Falta hablar de sus grandes bondades, y para eso estamos hoy acá.

Me caso contigo, pero preparo algo por si las dudas

Los acuerdos prenupciales son una cotidianidad en demasiadas parejas, lo cual es triste.  ¿No es pesimista contar exactamente con cuántas “canicas” entra cada hombre y cada mujer a la relación, a la formación de su nueva familia?.  “Jugarán” un rato con ellas, mientras se toleren, mientras sea emocionante y mientras lo deseen, pero al final, cuando alguno de los dos no quiera mantener la relación, ¡qué maravilla!, cada uno tomará lo suyo y podrá irse. ¿Así de fácil?

Una canción del grupo de pop mexicano Jesse&Joy sugiere en un creativo verso una valiosa reflexión, te la comparto:  “Si tú te vas, si yo me voy, esto ya es en serio. Si tú te vas, y yo me voy, ¿con quién se queda el perro?“.

¿Qué pasa con lo construido? Los autores colocan el ejemplo de la mascota, que romperá por completo su mundo, su rutina, su hogar, para ser “dividida” o abandonada pues la pareja no desea más compartir la vida.  Es mucho más lo que se pierde que lo que se “gana” con esta idea del matrimonio desechable. La indisolubilidad de este sacramento tiene su razón de ser. Basada en primer lugar, en la dignidad de hombres y mujeres.

Temerario, heroico y romántico

Es cierto. Es casi irracional comprometerte por “toda la vida” con otra persona a quien conoces desde hace años.  Pero presta atención a lo que se promete, para que veas qué belleza, qué esperanza y qué heroísmo, sugieren estas palabras del rito católico: “Yo ___ te acepto a ti para amarte y respetarte, en la pobreza y en la riqueza, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte nos separe”.

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Hoy muchos hombres y mujeres recelan ante esta promesa tan radical. Sucedió lo mismo en tiempos de Jesús, pues reclamaban que cuando Moisés vivía, él había permitido el divorcio y el repudio de las esposas, pero Jesús dijo: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mt 19, 4-6).

¡Quiéreme bien!

Merecemos que se nos ame bien, por completo, con virtudes y defectos, con errores y aciertos.  Todas las personas somos pecadoras, todos nos equivocamos, pero todos tenemos un gran valor, pues Jesús ha pagado por nosotros el precio de Su pasión, muerte y resurrección.  En nuestro corazón existe una sed enorme de amor, de entrega, de resiliencia, de redención, de reconciliación.  El matrimonio es la única institución que mira al hombre como poseedor del infinito y lo acerca a su misión: trascender. Trascender desde el egoísmo inicial, al amor que da vida.  Trascender de mirarse a sí mismo, a mirar a otra persona, y con ella construir una familia.  Trascender para recibir a los hijos, y darles estabilidad, ternura, protección, impulso y buen ejemplo.

De otro modo, somos todos erizos que van por la vida clavando púas en los demás.  Pero cuando las personas tendemos al heroísmo, a lograr lo imposible, a tener ideales altos, como un amor matrimonial sereno, santo, caritativo, que perdone siempre, y que se esfuerce en verdad, encontramos que en el camino matrimonial lleno de rocas, barrancos y ascensos agotadores, es donde se mira el paisaje más hermoso y enriquecedor, porque es donde el hombre se acerca a sus posibilidades, y no se queda en el fango, relamiéndose sus pesares.

Hace falta encandilar

El gran reto de los matrimonios de hoy en día es hacer vida este reto tan bello que nos coloca Jesús.  Conseguir tener, como San Josemaría Escrivá añora: “hogares luminosos y alegres”. Estos hogares iluminarán con el fuego de su fe y de su amor, a tantos que se han creído esto de que la persona, el amor y el matrimonio son desechables, instituciones “de mentiras”, que nos dejan derrotados y deshechos al borde del camino.

El matrimonio es una institución difícil, retadora, a veces incómoda, pero siempre plena, siempre viva y siempre enmendable, porque Jesús en la Cruz nos dio Su fuerza y Su inspiración.  No podemos, no debemos conformarnos con menos, y debemos inspirar a nuestros jóvenes y a nuestros niños a añorar la belleza y el engrandecimiento del alma que generan la fidelidad, la devoción y el perdón de una pareja que se compromete a amarse a pesar de a veces no sentir amor.

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Que Dios nos ayude, porque este mundo obscurecido, necesita con urgencia de profetas del amor.  Un amor fuerte, enraizado en la Cruz, que produzca flores de perdón y el bello olor de la entrega cotidiana.  Sus frutos alimentarán a las nuevas generaciones si tú y yo, hoy nos atrevemos a sembrarlo. 

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Marilú Ochoa Méndez

Enamorada de la familia como espacio de crecimiento humano, maestra apasionada, orgullosa esposa, y madre de siete niños que alegran sus días. Ama leer, la buena música, y escribir, para compartir sus luchas y aprendizajes y crecer contigo.