El niño tranquilo y obediente no siempre es un niño feliz

Aunque sea muy “cómodo” para los adultos, la obediencia ciega no es sinónimo de una infancia feliz.

Fernanda Gonzalez Casafús

Callado, en un rincón del arenero, Luis jugaba con sus palitas y su camión, solo. Su madre conversaba en el banco de la plaza y le decía a otras señoras que su hijo era ejemplar y que hacía caso en todo. Mientras tanto, Luis miraba cómo los otros niños jugaban en la arena y se colgaban de los juegos de la plaza.

Luis sabía que no podía ensuciarse demasiado, ni trepar demasiado, ni arriesgarse demasiado. Su madre decía que era por su bien. Entonces Luis perdió las ganas y como sabía que su madre iba a regañarlo, una vez más, optó por aguantarse el impulso de ir a revolcarse en la arena.

Había sido un escándalo absoluto el día que volvió de jardín con las manos llenas de barro y una pequeña lombriz moribunda. Orgulloso, lleno de entusiasmo, había entrado a la casa a mostrarle a su mamá el tremendo hallazgo y lo único que recibió fueron reprimendas. Y así, siempre, Luis había perdido el entusiasmo por las cosas.

Los niños felices son un alboroto

La niñez es sinónimo de alegría. Los niños que todo tocan, todo miran y todo preguntan son niños curiosos y con una gran avidez por descubrir el mundo. Y así debe ser. Claro que hay niños más introvertidos y que no sienten la necesidad de alborotar todo y a todos a su paso, pero el punto es saber cuánto interfiere un adulto en aquellos niños que se sienten cohibidos a comportarse como niños que son.

Es sabido que los infantes necesitan reglas y límites. El punto es saber entender y comprender su mundo, así como la necesidad de nuestro apoyo en esta etapa de aprendizajes continuos. Ensuciarse, saltar, hacer comiditas con hojas y barro, armar tiendas de campaña dentro de casa, y más, forma parte del acervo de la infancia. Si reprimimos esto, estamos privando a nuestros hijos de grandes lecciones en la vida.

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Los niños felices cantan, arman, desarman, son impulsivos, elocuentes y vivaces. Pueden ser más o menos tímidos, pero notarás que un niño es feliz cuando no tiene miedo de mostrarse tal cual es ante sus padres.

La obediencia ¿por respeto o por miedo?

Atrás quedó la época en la que los niños llamaban de “usted” a sus padres. Los tiempos cambian y los límites mutan y se transforman. No me gusta decir que todo tiempo pasado fue mejor, pues no aplica en todos los casos. Décadas atrás, por ejemplo, muchos padres imponían severos límites a sus hijos (muchas veces a costa de golpes) y los niños eran obedientes, sí. Pero ¿por respeto o por miedo?

Naturalizar el respeto y disfrazarlo como tal, cuando lo que en realidad lo que se siente es miedo, fue una dinámica muy utilizada por padres y maestros en el siglo pasado. Y aunque mal no nos vendría un poco más de respeto en este siglo descabellado, no hay nada peor que tenerle miedo a un padre y obedecer solo por ello.

Cuando mis hijos cometan un error y hagan algo de lo cual yo, como madre, no vaya a enorgullecerme, quisiera que piensen “Tengo que llamar a mi mamá”, y no “Uy, que no se entere mi mamá”. No quiero que mis hijos me tengan miedo, quiero que me tengan respeto, y eso es algo que se fomenta desde la más tierna infancia.

Los niños respetuosos también son felices

Los niños deben saber entender y comprender por qué las reglas deben ser respetadas. Cuando amenazamos a nuestros hijos y los instamos a que se queden quietos, que no hablen, que no pregunten, que no se ensucien, que no corran, que no miren, simplemente les estamos diciendo que no sean niños.

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A veces no se puede, y deben comprenderlo. Pero muchas otras, coartamos su esencia infantil cuando usamos nuestro poder de adultos para marcarles ciertos comportamientos indeseados por nosotros, cuando en realidad, la única justificación que tenemos en nuestra propia comodidad. 

¿A quién le gusta sacar arena de los zapatos, lavar ropa con barro y quitarle el pasto a los muñecos de felpa? ¿Pero qué vamos a hacer? Tienen que jugar, experimentar y descubrir el mundo. Que se queden quietos, callados y se mantengan limpios no los hará necesariamente niños felices, sino niños sumisos. ¿Y qué aprenderán? A relegar sus deseos siempre a costa de los deseos de los demás.

Mientras tanto, si enseñamos a nuestros hijos a que entiendan que hay un tiempo y lugar para cada cosa, ellos sabrán entender y respetar esos pedidos, pues tú has escuchado sus deseos cuando quiso meter sus pies en el charco de agua, o salir a la lluvia a mojarse en verano. Estos son los niños que entienden el “ahora no” sin berrinches ni llantos.

Criar un niño feliz es saber ver su alma

Hace un tiempo, fuimos a la playa con unos amigos. Mis hijos corrieron al agua y comenzaron a jugar. Los hijos de nuestros amigos estaban visiblemente incómodos, la arena les molestaba y no querían saber nada con ensuciarse.

La madre nos confesó que ambos tenían una especie de fobia a estar sucios y ella -se sinceró- se culpaba por ello, pues desde muy pequeños los reprimió para que no se ensucien ni jamás los dejaba jugar con tierra ni con arena. Hoy, sus hijos simplemente no sabían disfrutar de algo básico en la niñez.

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Los niños son seres transparentes y dejan ver su alma de forma simple. Somos los adultos quienes debemos saber verla, y para ello muchas veces debemos volver el tiempo atrás y pensar ¿qué cosas me hacían feliz? ¿qué otras me generaban impotencia y rabia? Muchas veces en esas respuestas encontramos el camino de la crianza de nuestros hijos.

La maternidad y paternidad se hacen al andar. No echemos a perder el valioso momento que tenemos junto a nuestros hijos para descubrir qué cosas los hacen felices y cuáles despiertan su alma. Con los límites necesarios que implica amarlos, pero con toda la responsabilidad de ayudarlos a crecer sanos emocionalmente y sobre todo… felices.

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Fernanda Gonzalez Casafús

Fernanda es Licenciada en Periodismo, especialista en Redacción Digital y Community Managment. Editora de contenidos y redactora en Familias.com. Nacida en Argentina y mamá de dos, ama los animales, la danza, la lectura y la vida en familia. Escribir sobre la familia y la maternidad se ha convertido en su pasión.