Esa película maravillosa, que nunca te cansas de ver

Hay historias que la vida nos regala, a manera de lecciones maravillosas, como una maravillosa película que uno ha visto muchas veces, con diferentes actores.

Oscar Pech

Déjame te cuento esta historia que es como una película vista muchas veces, siempre con diferentes actores. Hubo un tiempo en que me tocó vivir en Cancún, y no: no era en la Zona Hotelera, o en una colonia de clase alta. Cuando viví en Cancún las cosas andaban muy mal y me tocó vivir en un barrio marginal, que tenía la peculiaridad de tener una población flotante que rara vez duraba más de tres meses en una casa, antes de cambiarse. Allí uno escuchaba la música de los vecinos, a muy alto volumen, a veces hasta de tres casas al mismo tiempo, unas dieciséis horas del día.

Era algo que a veces te hacía sentir que ibas a enloquecer, sobre todo cuando lo que ponían era reggaetón, o del género conocido como “música duranguense”. En esa colonia, por el clima, era rara la casa con ventanas: casi todas tenían mosquitero y unas rejas a manera de protección, pero sin vidrios, por el calor insoportable. En esa calle casi todos vivíamos en un cuarto con su baño, sin más muebles que lo que cabe en eso: un cuarto con su baño. Más de una vez yo me preguntaba a mí mismo qué hacía allí, cómo había caído en ese lugar si yo no pertenecía a ese ambiente. Y, mientras me hacía esas y otras preguntas, veía cómo continuamente mis vecinos iban y venían.

Un anciano apacible y solitario

Pero no he llegado a la historia que quiero contar. Esta es una historia que estoy seguro has visto en muchas películas. Pero al menos yo, nunca la había visto en la vida real. Es la historia del vecino que vivía justo enfrente de mi ventana. Era un hombre de unos sesenta años. Apacible, tranquilo. Casi nunca salía de su cuarto: trabajaba en una mesa frente a su ventana y, como yo, era claro que no encajaba en ese lugar.

Cuando tuvo televisión, la encendía por allí de las diez de la noche en Discovery Channel, o National Geographic, o History Channel, a un volumen más o menos fuerte. Yo, tumbado en mi cómoda hamaca, escuchaba los programas en mis noches de insomnio y al final éstos me arrullaban. No lo veía, pero sabía que él se la pasaba emborrachándose en las noches, porque por allí de las cuatro o cinco de la madrugada el vecino se levantaba, vomitaba ruidosamente (el sonido de sus arcadas era lo que me despertaba) y así, unas tres noches por semana. Luego se quedó sin tele, y ya no me acompañaba a la distancia en mis insomnios: sólo me despertaba el anciano en la madrugada, vomitando.

Los nietos cambian la vida de los abuelos

Con el tiempo le apareció una hija y tres nietos, el mayor de unos diez años, el menor todavía no cumplía dos años. La hija llegaba por allá de las cuatro de la tarde y le dejaba a los hijos. Los niños eran tan inquietos que le hacían la vida de cuadritos, hasta que él se desesperaba y empezaba a gritar maldiciones. Eso a los niños les parecía divertidísimo, y entonces se calmaban. Cuando se aburrían, volvían a repetir la operación de hacer que el abuelito explotara. Como a las ocho de la noche los niños empezaban a llorar, poco antes de las nueve llegaba la mamá y la casa de enfrente quedaba en calma, hasta que el abuelito empezaba a vomitar de nuevo en la madrugada.

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El abuelo toleraba, pero no disfrutaba de sus nietos, y me imagino que se lo hacía saber a la hija, porque un día no volvieron más. Al anochecer en el vecindario solo se escuchaban los perros neuróticos, la música de los vecinos, la moto destartalada de los que vivían en la esquina, que iba y venía, incesantemente.

La simbiosis entre nietos y abuelos

De repente un día, llegó la hija y le dejó el menor de los nietos al abuelito, con todo y carriola. Entonces yo noté con claridad, a pesar de que no veía pero escuchaba todo lo que sucedía tumbado en mi hamaca, que todo empezó a cambiar. El abuelito empezó a ponerle música al nieto (José José, Juan Gabriel, pero no a alto volumen), le cantaba, le hacía gracias, se reía con el nietecito, salía en las tardes a pasearlo, y dejó de vomitar en las madrugadas.

Yo no sé si él lo supo, pero el nieto empezó a cambiar su vida. Le dio un por qué vivir, lo fue reformando poco a poco a base de dulzuras y preocupaciones, al tiempo que mi vecino se esforzaba por darle lo mejor que podía al nietecito y le enseñaba palabras: “a-zul”, “ver-de”, “ro-jo”, cosas así. Acaso lo mejor era cuando el niño se equivocaba. Entonces el anciano se carcajeaba con una alegría que parecía recién importada del paraíso.

Es, repito, una película que hemos visto muchas veces, pero a mí nunca me había tocado ser testigo de primera mano, aunque casi nunca la haya visto con los ojos, sino tumbado en mi hamaca, a través de mis oídos.

Yo no sé si hay necesidad de explicar cuál es el punto de esta historia. Yo no sé si basta con decirte que tus hijos necesitan estar más cerca de sus abuelos, y tus padres necesitan estar más cerca de tus hijos. De cualquier forma, si no sabes cómo o por qué hacerlo, te sugiero que leas los siguientes artículos:

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Oscar Pech

Oscar Pech ha dedicado su vida a la enseñanza, la lectura, la escritura y la capacitación en diferentes partes de la República mexicana. Es una persona profundamente comprometida con la familia y los valores morales.