Olvidarme de la soberbia y el orgullo salvó mi matrimonio

Dios es fiel, y cumple sus promesas. La oración constante, superar el orgullo y confiar en Él, pueden hacer muchos milagros en tu pareja.

Marilú Ochoa Méndez

Marisela nació en un hogar católico, pero no compartía los valores de sus padres. Era lo que conocemos hoy como «no practicante».  Esta situación es común en algunos jóvenes, que no siguen las religiones de los mayores, sino las consideran simplemente como tradiciones.

A los 27 años de edad, se casó con su novio, embarazada de algunos meses de la que sería su primera hija. Cumplir los pasos solicitados para hacer realidad su boda religiosa le pareció un agobio.

Le molestó que pidieran tanto trámite: pláticas prematrimoniales, fotografías de los novios en varios templos, pero ya encarrilada, completó lo solicitado preguntándose molesta el sentido de tanto papeleo y entrevista.  Ambos se encontraban irritados: ¿por qué no los dejaban casarse y ya?

Cuando los problemas en su matrimonio comenzaron, Marisela comprendió un poco de los pesados trámites que se le pedían: pretendían hacerlos conscientes del gran paso que daban: comprometerse ante Dios a compartir toda la vida en las buenas y en las malas.

El matrimonio se rompió

«Nuestra ignorancia y rebeldía nos cobró factura muy pronto; después de 6 meses de pleitos y gritos, mi esposo se fue de la casa. Me quedé sola con nuestra hija de apenas unos meses de nacida en nuestro departamento. Con el corazón roto, entre hormonas y responsabilidades, nuestro matrimonio fue destruido en un abrir y cerrar de ojos«, afirma Marisela en un artículo.

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Ella no contaba con ninguna esperanza, porque su esposo no quería saber nada de ella.  De esta forma, sin buscarlo ni hablar con él, comenzó un proceso de sanación interior y renovación de la fe que hoy le ha dado un nuevo sentido a su vida.

«Jesús me encontró»

Desesperada ante la separación de su esposo, y con su hija de pocos meses en casa, Marisela buscó apoyo en muchos lugares: terapias, psicólogos, diálogo con amistades, pero nada parecía ayudar.

Entonces, abrió la Biblia, y encontró en Mateo 6, 33 la respuesta: «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia divina y todo se les dará por añadidura«.

Marisela se aferró con uñas y dientes a esa respuesta de Dios: «Para el mundo parecía imposible que mi matrimonio pudiera salvarse, pero para Dios no solo era posible, sino que era una promesa. Tomé esta promesa, me aferré a ella con todas mis fuerzas, comencé a trabajar en mi conversión, a estudiar la Biblia, a orar incansablemente y permití a Dios moldearme como el alfarero moldea el barro«.

La amistad al mundo es enemistad hacia Dios

En la Carta de Santiago en la Biblia, Marisela encontró una frase que se convirtió en su brújula: «¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad hacia Dios? Por tanto, el que quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios». 

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Su matrimonio se había mantenido unido seis meses solamente, y recibió muchos consejos de personas cercanas que la instaban a «reanudar su vida», sugiriendo que era ciega al pretender respetar a su esposo y orar para que volvieran a estar juntos.

Ella, fiel a la palabra recibida, no los escuchó.

Hoy, cuenta con emoción, que se ha convertido en orientadora de matrimonios, y que le dio mucha felicidad que los primeros sorprendidos fueron sus «consejeros» que intentaron desmoralizarla mes con mes, y la invitaban a dejar de luchar por lo que consideraban una causa perdida.

«Me adueñé de un arma infalible: la oración»

Ya en el camino, Marisela halló otro faro de luz en el camino en una bella promesa del libro del Génesis: hombre y mujer «serán una sola carne«.

Ella, reconociendo que Jesús tiene palabras de vida eterna, oró con paciencia y amor durante el tiempo necesario.  Hoy, satisfecha, relata:

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«Mi esposo fue transformado a través del poder del sacramento del matrimonio que establece que él y yo somos una sola carne. Por la fuerza del Espíritu Santo y sin una sola palabra de mi boca, mi esposo fue convencido por Dios y orillado por Dios a regresar a su hogar» .

En ocasiones, desmoralizada por los meses y años transcurridos, Marisela dudaba si sus oraciones alcanzaban la voluntad de su esposo, que parecía muy conforme con la distancia entre los dos. Hoy, que han vuelto a estar juntos, se congratula: «Dios sabe esperar que el hombre desee seguir su voluntad, y premia la esperanza y la fe». Además, esto ha sido una lección importante de humildad para esta esposa fiel:

«Hoy me alegra que fuera así, porque eso permitió que yo no me lleve ni un poquito de mérito, que el nombre de Dios sea exaltado, y que el poder manifestado por el sacramento del matrimonio sea glorificado«, comenta.

«Saqué primero la viga de mi ojo»

Luego de ver salir a su esposo de la casa común, Marisela se victimizó.  ¡Ella se había quedado en casa!, ¡él se había marchado! Por semanas encontró consuelo sintiéndose «buena» y atacando a su marido que las había abandonado a ella y a su bebé.

Con el tiempo y la oración, Marisela fue dándose cuenta de acciones suyas que habían roto la armonía familiar, y dejó de orar solamente por su esposo, orando ahora por ambos.  En este camino, se dio cuenta que si deseaba recuperar su relación, y vivir la promesa que había hecho ante Dios, debía empezar por ella y cambiar su corazón.

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«Dejé de juzgar a mi esposo por sus acciones y dejé en manos de Dios el porvenir. Esto tuvo un impacto muy fuerte en mi vida espiritual», afirma convencida.

Marisela vivió una gran liberación interior cuando dejó de agobiarse por conseguir cambios particulares en su esposo. Hizo lo que la película cristiana War Room sugiere con estilo cómico: «No trates de cambiar tú a tu esposo, déjalo en manos de Dios, y luego agáchate, ¡la gracia de Dios golpeará a tu esposo!, y él cambiará«.

Un triángulo perfecto

Una verdad que esta mujer comprendió desde el primer gran problema, era que no habían fundado su matrimonio sobre Dios.  Cada uno había intentado luchar con sus fuerzas. Desde el sufrimiento y la soledad, luego de la ruptura, esta mujer se prometió que nunca mas permitiría que esto pasara.

Cuando al fin luego de cinco largos años volvieron a unirse, procuraron que el matrimonio fuera un triángulo perfecto: Dios, ella y él.

Esto implicó un camino arduo y complicado.  Dejar de lado el orgullo, el resentimiento, la soledad, fue muy duro. El perdón fue otro reto difícil, porque cuando hemos sido heridos, no nos gusta exponernos de nuevo.  Sin embargo, ella recordó la petición de Cristo en el Evangelio de Mateo: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí que yo haya de perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Jesús le dijo: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

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El caso de Marisela y su familia es una historia más que muestra lo grande que es nuestro Dios: hoy en día sigue resucitando muertos, dando vista a los ciegos y alimentando a los hambrientos.

Si tu matrimonio, tu familia están muertos, tu vista está nublada y borrosa por el pecado, la tristeza y la soledad, y si tu corazón tiene hambre de amor, ¡acude a Él!

Como sabes, Él siempre está ahí, solo nos pide tocar a su puerta ¡Ten fe! Él abrirá, te tomará de la mano, y reescribirá contigo una historia bella de perdón, redención y resurrección.

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Marilú Ochoa Méndez

Enamorada de la familia como espacio de crecimiento humano, maestra apasionada, orgullosa esposa, y madre de seis niños que alegran sus días. Ama leer, la buena música, y escribir, para compartir sus luchas y aprendizajes y crecer contigo.