Pensé que mi mundo se derrumbaba, pero mis plegarias fueron escuchadas.

Y de repente la vida me dió una bofetada. Pero me abrió los ojos más que nunca.

Fernanda Gonzalez Casafús

A principios de octubre de este año se cumplieron 11 años de la muerte de mi padre. En ese entonces creía que el mundo se desmoronaba. Pero mis miedos fueron refutados y pronto pude ver el arco iris tras la tormenta.

La relación con mi padre no era del todo buena.  Él era un hombre algo difícil, con un pasado lleno de vacíos emocionales y con un presente cargado de nostalgia. Mi hermana y yo éramos su vida entera. Lástima que tardé un largo tiempo en darme cuenta de ello.

Cierro los ojos y lo veo. Suplicándole a Dios que lo ayude en sus cometidos, pero por sobre todo, dando gracias a los cuatro vientos y poniendo en sus labios el nombre del Señor. Reconozco que me avergonzaba. Yo era adolescente, y me molestaba un poco escuchar sermones. Luego comprendí que su agradecimiento a Dios era sincero y sentido, y hoy me enorgullece pensarlo así.

Las cosas no siempre fueron fáciles. En casa había muchas deudas que pagar y siempre estábamos al límite con todo. Cuando murió mi padre, sentí que el mundo se hundía a mis pies. ¿Qué haríamos mi madre y yo, sin un centavo en el bolsillo? Pero dicen que lo último que se pierde es la esperanza, y así fue.

Y allí estaba yo desarmada, pidiendo que aparezca un nuevo trabajo que me dejara salir adelante. Rogando por el bienestar de mi madre y que pueda superar su dolor. Invocando cordura y lucidez, para afrontar ese momento.

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A pocos meses de comenzar una nueva vida llegó mi oportunidad. Yo había estado pidiendo a Dios que nos muestre a mi madre y a mí el camino indicado. Ahora comprendo que no siempre las cosas llegan “servidas en bandeja”, pero que hay que saber evidenciar las señales que nos indican que algo es para nosotros.

La vida me cambió por completo con una oportunidad laboral que jamás hubiera sospechado en mi vida. Nuevos horizontes se abrían ante mis ojos, y aunque aún no me recuperaba de la bofetada que me había dado la vida, ahora ésta me invitaba a abrir los ojos más que nunca.

Dios escucha nuestras plegarias. Sea del credo que seas, la energía que emitimos con nuestros agradecimientos y nuestras plegarias, retornan en forma positiva. Cuando deseas algo con todo tu corazón y pones mucha fe en ello, tus plegarias son escuchadas.

El camino no siempre será el que esperas. Y tal vez debas afrontar muchos retos durante el transcurso de tu andar. Pero todo es aprendizaje y todo se transforma en racimos de experiencias que completan el árbol de nuestra vida.

Comparte con tu familia la Fe. Suena difícil, pero debería ser un ejercicio diario. La fe es saber que lo que esperamos se cumplirá, es creer en el poder de nuestro deseo, en la fuerza del Universo, y en el amor de Dios.

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Enseña a tus hijos a orar, a pedir perdón, y a sentirse agradecidos por todo lo que tienen en la vida. Cuando le enseñamos a nuestros hijos acerca de la fuerza de la oración le estamos enseñando acerca de la perseverancia y de la lucha, y a nunca darse por vencidos.

La vida es una rueda. Todo llega y todo vuelve. No siempre de la forma que esperas, pero ten por seguro que cuando Dios pone algo en tu camino es porque de esa experiencia (aunque sea negativa en sí) sacarás algo positivo que te hará crecer.

Confía. Espera. Agradece. Devuelve. En ese orden, y siempre. La vida es muy corta para amargarnos y darle lugar a los sentimientos viles. Ama y ríe, y sobre todo, sé feliz con la vida que llevas, procurando siempre ir por el camino del bien.

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Fernanda Gonzalez Casafús

Fernanda Gonzalez Casafús es argentina, mamá y Licenciada en Periodismo. Ama los animales, la danza, la lectura y la vida en familia. Escribir sobre la familia y la maternidad se ha convertido en su pasión.