Sí, a veces extraño a mi esposo, aunque vivo con él

Extraño esa mirada, mi corazón galopante y el mágico silencio de algunos encuentros. A veces lo extraño, aunque viva junto a mí.

Fernanda Gonzalez Casafús

Él la buscaba con la mirada por todo el salón. Sus mejillas arreboladas podían verse a metros de distancia. Cuando se unieron, tomaron sus manos y se dijeron algo al oído entre risas. La música nos invitó a todos a unirnos nuevamente a la pista y no pude evitar escuchar -entre tanto ruido- el golpeteo de los corazones de esos dos tórtolos que colmaban con su magia la fiesta.

Alguna vez también nosotros estuvimos así, a nuestros 15 y 17 años respectivamente. Hoy, aunque el amor en mi matrimonio sigue intacto y en su justa madurez, a veces me encuentro con esa niña que añora ese momento de ensueño que significaba salir de casa para encontrarme en una cita con él.

Hoy, mi cita favorita es una pizza en casa, sentarme en canastita en el sofá y conversar un rato con mi esposo mientras nuestros hijos juegan. Y en el fulgor de los días, mientras la vida se nos escurre de las manos, a veces, lo extraño.

¿Por qué lo extraño, si lo tengo junto a mí?

Como en cualquier pareja, hay días de sol, de lluvia, y de arco iris. Y en el trajinar de esos días, los sentimientos fluctúan y la nostalgia asoma. Y yo, que soy nostálgica por naturaleza, no puedo evitar remontarme en aquellos momentos en los que los días de “lluvia” eran los menos.

A veces lo extraño, aunque vivamos juntos. Extraño ese tiempo que teníamos para complacernos al extremo y el empeño que poníamos en no perder ningún detalle. Extraño la sensación de perdernos en la mirada del otro y la cantidad de veces que quedábamos maravillados por aquello que íbamos descubriendo de nosotros.

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Extraño a veces esa sensación increíble que me invadía cuando se acercaba la noche y pronto nos encontraríamos a cenar.  Echo de menos también a menudo a esa chica que yo era cuando me cobijaba bajo sus brazos. Tal vez lo que extrañe más de ello es el tiempo que teníamos para dedicarnos, y la forma en la que el mundo se detenía cuando estábamos uno en brazos del otro.

¿Y si te digo que lo sigo extrañando como antes?

Cuando suena la cerradura y el silencio se apodera de la casa, comienzo a extrañarlo. Y ahora sí, lo extraño como antes, de la misma forma. Echo de menos su presencia, aunque naturalmente la emoción de vernos ya sea más habitual y la cotidianidad se haya llevado a la rastra muchas ilusiones de la juventud.

Lo extraño cuando se va de casa y lo extraño cuando no estoy con él. Porque, en el fondo, seguimos siendo dos chiquillos enamorados, aunque la vida no deje detenernos y el carrusel donde ahora estamos subidos vaya más a prisa.

Sí, aunque la fase de enamoramiento natural en toda pareja haya pasado, lo sigo extrañando. Como antes, como ahora. Porque quien extraña no está vacío, sino lleno de la presencia de aquel que está ausente. Quien extraña es porque sigue amando, a pesar de que las reglas del juego hayan cambiado, a pesar de que ahora seamos personas diferentes.

Valorar el presente

Mi naturaleza nostálgica hace que a veces me estanque demasiado en los recuerdos, cuando en la palma de mi mano tengo un presente cargado de cosas maravillosas. Hoy, mis hijos y la hermosa familia que armamos me dan ese empuje que necesito. Porque no siempre se necesita una cena romántica a la luz de las velas, y no siempre el mejor regalo es algo que brilla.

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El verdadero regalo romántico es el de todos los días. El soporte, la paciencia, la determinación en seguir adelante, el remar incansablemente recordando la promesa inicial y alentándonos a seguir.

Aunque extraño a veces a ese hombre que tenía toda la atención para mí, y aunque extrañe a esa mujer que yo era, que no se quejaba ni renegaba (como lo hago ahora), mirando atrás veo que en verdad ésto es lo que somos hoy, y es lo que nos hace felices.

Valoro cada segundo compartido con el hombre en el que hoy se convirtió mi esposo; con sus miedos actuales, sus incertidumbres, sus fallos y omisiones. Pero con la misma calidez de siempre, humildad y perseverancia.

Poner acción a los recuerdos

Cuando la vorágine de la vida nos quitó de un sopetón aquellos momentos románticos que tanto disfrutábamos, decidimos poner acción a los recuerdos. Entonces, comenzamos a tener citas a solas más a menudo, a dejarnos notas o mandarnos mensajes, y a traernos pequeños presentes, para seguir alimentando ese amor que nos unió.

“Así no nos extrañamos tanto”, me dijo mi esposo el otro día cuando me mandó una foto donde estábamos abrazados el pasado verano. Bastó esa simple imagen acompañada de unas tiernas palabras para no extrañarlo tanto. Mi día se hizo más ligero y me invadió una tremenda emoción al imaginarme cómo iba a sorprenderse con su comida favorita cuando llegara a la noche.

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Sí, a veces lo extraño, aunque vivo con él. Pero cuando eso sucede, pongo manos a la obra y sigo edificando nuestro amor, aportando mi parte para no dejarnos caer. Juntos, intentamos recordar aquello que nos hizo felices, pero valorando también todo lo que la vida nos da hoy: el calor de nuestro hogar y el amor infinito de nuestros hijos.

Extrañar a quienes amamos nos hace sentir vivos, y nos demuestra que el corazón aún añora momentos con esa persona. Como dice una famosa canción: “Uno no está donde el cuerpo, sino donde más lo extrañan”.

Y aunque extrañemos aquellos momentos de nuestros amores de juventud, cada momento compartido con el amor de la familia es un trofeo ganado y un sueño cumplido. Valoremos cada etapa de la vida y cada momento vivido. Si en cada uno de esos momentos está implícito el amor, nuestro acervo de recuerdos estará nutrido por siempre.

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Fernanda Gonzalez Casafús

Fernanda es argentina y mamá de dos. Licenciada en Periodismo, especialista en Redacción Digital y Community Managment. Editora de contenidos y redactora en Familias.com. Ama los animales, la danza, la lectura y la vida en familia. Escribir sobre la familia y la maternidad se ha convertido en su pasión.