Si ya no sabes más qué hacer con las rabietas de tu hijo, haz esto

Compruébalo por ti misma.

Fernanda Gonzalez Casafús

Estoy ofuscada. Me enojo, mi cara se arruga, mis puños se cierran. Mis labios, en un rictus de enfado, deja a las claras que mamá ya no tiene más paciencia. Lo he pedido bien media docena de veces, pero ellos no escucharon. Y ahora, mientras ellos lloran, me pregunto ¿Qué más debo hacer?

No hay una teoría exacta. No es matemáticas. Tampoco ciencia. La maternidad nos sorprende cada día. Las madres no tenemos absolutamente todo bajo control. Aunque la mayoría de las veces tengamos un as bajo la manga, y aunque sepamos resolver casi cualquier situación, a veces también nos desbordamos.

Y cuando ya no sabes más qué hacer porque no hacen caso, o porque no sabes más cómo decirles las cosas, o porque pelean con su hermano día y noche, hay una sola cosa que puedes hacer. Es efectiva. Cura las heridas. Aliviana la culpa. Y te alienta a replegar tu enojo.

Abrazar a tus hijos

El abrazo es sanador. Y aunque te suene algo difícil de llevar a cabo cuando tu hijo se revuelca en el piso porque le has apagado los dibujos animados, o cuando tu hija adolescente cierra la puerta en tus narices, recién cuando te clamas, cuando respiras, cuando miras hacia tu interior, descubres que en el abrazo está la salida.

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Mami ¿me abrazas?”, me dijo mi hijo de 4 años cuando, luego de varios minutos llorando porque yo lo había retado, se dio cuenta de que había estado en un error. Pedirme un abrazo era su forma de pedir disculpas.

Ese abrazo no fue casual. Fue el resultado de tantas otras veces que yo, al verlo ofuscado, enojado, frustrado, me senté a su lado y le ofrecí mi apoyo, lo abracé y lo animé a seguir adelante. Mi hijo pidió un abrazo porque aprendió que en él está la solución a muchos problemas.

El abrazo es el refugio

Recuerda tu infancia. Rememora aquel momento en el que tus padres te habían regañado. Fuiste a tu cuarto a llorar, con tu rostro sobre la almohada, y aún con el arrebato circulando por tus venas, sentías esa necesidad de que mamá o papá venga a ti y te diera un abrazo. Y cuando lo hacían, te sentías con una paz en el corazón difícil de explicar. Pero sobre todo, te sentías mal por haberles fallado. El abrazo había dejado un gran aprendizaje.

El amor siempre enseña

Tal vez pienses que ir a abrazar a tu hijo inmediatamente después de haberlo regañado le de un doble mensaje. Cada padre sabrá el momento justo de hacerlo. Pero debes saber que el amor nunca da mensajes confusos, pues no hay nada más transparente que el sentimiento que se transmite a través de tan noble acto.

Es cierto que luego de un momento de tensión, cuando has dado un sermón a tu hijo, o cuando le has estado hablando acerca de algo malo que ha hecho, no siempre sientes esa necesidad y deseo de abrazarlo, pues el disgusto y la irritación aún se apoderan de ti. Pero sí puedes darle lugar a un abrazo fraternal cuando ambos estén calmos.

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Pasada la tempestad, abrazar a tu hijo reconfortará a ambos, y abrirá las puertas a una conversación pacífica, donde puedan sincerarse, arrepentirse y comprometerse.

Si no sabes más qué hacer, abrázalo

Dile con un abrazo que él es tu mundo. Y si lo haces desde que es pequeño, tu hijo se acostumbrará a tus abrazos y crecerá valorando ese grato gesto de amor hacia él.

Cuando veas a tu hijo llorando en un rincón por el enojo que le ha producido tu regaño, ve y abrázalo. Acércate, dile que sientes haberle gritado. Que mamá es humana, pero que se enoja mucho al ver que su pequeño no hace caso. Abrázalo. Y sana sus heridas, y las tuyas también. 

Los beneficios

De acuerdo a los expertos, el cerebro de los niños que no son abrazados durante su infancia es un 20% menor que el resto de los niños que sí tienen contacto físico y amor. Además, en aquellos bebés y niños que no son abrazados se retrasa el desarrollo de la llamada hormona del crecimiento, por lo que estos niños crecen menos que los niños que reciben mucho cariño.

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De acuerdo a diversos estudios, el abrazo trae una serie de beneficios para el cuerpo y la mente:

  • Reduce el estrés
  • Promueve el buen desarrollo de los niños
  • Mejoran la salud cardíaca
  • Nos ayudan a sentirnos confiados y a reducir el miedo
  • Calman el dolor
  • Nos ayudan a sentirnos más felices

El abrazo es un buen comunicador. Sin palabras, estamos diciendo en silencio ¡Te quiero!. Los abrazos nos ayudan a relacionarnos de forma positiva con quienes queremos. No dejes de abrazar a tus afectos. Brinda tu apoyo en los buenos momentos, pero mucho más en los malos.

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Fernanda Gonzalez Casafús

Fernanda Gonzalez Casafús es argentina, mamá y Licenciada en Periodismo. Ama los animales, la danza, la lectura y la vida en familia. Escribir sobre la familia y la maternidad se ha convertido en su pasión.