Tres preguntas que debes hacerte si tu hijo no quiere comer

Evita los malos ratos a la hora de la comida, en los que debes convertirte en el policía y controlador de todo lo que tus pequeños ingieren.

Cuando era niña, odiaba la crema de espárragos. Me parecía repugnante.  Los días en que este alimento estaba en el menú, no podía levantarme de la mesa hasta terminar la -a mis ojos terrible- sustancia blanca y viscosa con ramas verdes, que me habían puesto enfrente.

Ahora que soy mamá, me sorprendí a mí misma repitiendo contra mi hijo el mismo comportamiento que tanto me hizo sufrir.  Obviamente, obligarlo a comer lo que a sus ojos es repugnante, tiene el mismo efecto que tenía en mí aquella sopa: mi hijo sufre, a veces llora, a veces esconde la comida, y a veces se escapa.

¿Habrá una mejor manera de que nuestros hijos se alimenten bien? Los patrones que hemos aprendido desde niños, relacionados con la «correcta alimentación» o las «buenas costumbres en la mesa», ¿son sanos y buenos?, ¿son dignos de ser replicados ahora que somos padres?, ¿es necesario obligar a mi hijo a comer?, ¿qué hago si no prueba bocado en casa? Esta y otras preguntas pretendo analizarlas contigo en ese texto. ¡Comenzamos!

1 ¿Repites patrones heredados?

El pediatra español Carlos González, autor de varios libros sobre crianza respetuosa, autoridad y límites con los niños, contaba en una conferencia, con completa ironía que le resulta curioso que «padres que hace solo veinte años eran niños malcriados y no querían comer, ahora, solo por ser padres, quieren manipular a sus hijos«.

Lo que este experto quería destacar es que al ser padres, creemos que debemos imponer y manejar las conductas de nuestros niños, a veces sin reflexionar sobre ellas, y tendemos a veces hacia el autoritarismo discrecional, que no considera las necesidades reales de nuestros niños, sino se basan en algunas telarañas mentales que podemos tener.

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2 ¿Crees en tu pequeño?

¿Quién es el que sabe si tu pequeño debe o no terminarse el plato que le has servido? ¡Tu hijo!, pero -a veces- a los padres nos da miedo creerles, cuando nos dicen que se sienten llenos, o que no desean más.

Existe una triste creencia que afirma que nuestros pequeños -desde bebés- buscan manipularnos, y nos convierten en títeres de su abusadora autoridad, entonces, debemos cuidarnos (¡cuidarnos de nuestros hijos!).  Evitemos caer en este juego. Un buen cambio de visión será observar realmente a nuestros pequeños, observar nuestras creencias de lo que «deben» consumir, y observar su salud.

Si es un niño con energía, que disfruta de actividades físicas, generalmente tiene buen humor y con un crecimiento sostenido, no hay de qué preocuparse. De lo contrario, es preciso acudir a un médico que determine si hay un problema de salud en él.  Acudiendo al especialista, sentiremos tranquilidad.  Creyendo a nuestro hijo sobre su apetito, lo validaremos y respetaremos.

3 ¿Propones comida sana?

Si en casa tenemos comida sana, evitamos alimentos chatarra, brindamos variedad, generamos un ambiente saludable y cordial a la hora de la comida, y nuestro pequeño pica pero no termina su plato, ¡está bien!

Es importante buscar brindarles variedad en el menú a nuestros pequeños, y evitar dejar a su alcance alimentos vacíos que únicamente aportan calorías y nada de nutrición.

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Hay padres que -al rogar a sus pequeños que se alimenten como ellos esperan- pierden el ánimo y la esperanza y al final, se serenan si ellos comen nuggets fritos, o unas galletas. «Al menos que tenga algo en la panza«, piensan. ¿No es un sinsentido?

Algunas consideraciones útiles

En su libro «Mi niño no me come», el doctor González, de quien te comentaba arriba, nos brinda algunos consejos para manejar esta situación con serenidad y sentido común. Te comparto algunos que compartió él mismo en una entrevista:

No obligues a tu hijo a comer: es una triste realidad, hay muchos niños obesos. A veces los padres desean que coman lo que ellos creen que sus hijos deben consumir. Esto genera una animadversión y malos hábitos en ellos, evitémoslo.  Ni los premios ni castigos son necesarios.

Si no quiere comer algo, ¡que no lo coma!: el adulto, no se alimenta con lo que no le apetece. ¿Por qué con los niños al situación debe ser distinta?. Si no quiere comer verduras, que no las coma. Si no quiere comer frutas, está bien también.  El reto es establecer un diálogo donde siempre prevalezca el respeto, y evitar dejar a su alcance comida chatarra, como lo veíamos arriba.

Que nuestros hijos coman, y coman bien, es asunto nuestro como padres: tomemos nuestra responsabilidad, no somos víctimas de nuestros «malos» hijos.  ¿Quieres que tu hijo coma bien? Pregúntate si tú comes bien, por ahí puedes empezar.

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Piensa en lo que genera tu insistencia: si obligas a tu hijo a comer, promueves el cumplimiento de la expectativa de otros, fuera de su deseo o anhelo natural, además, puedes hacerle daño a nivel emocional o físico. Si lo premias por comer, o lo castigas, o lo chantajeas, estás desaprovechando la oportunidad de generar en él que es preciso elegir lo bueno porque es bueno, no por conveniencia personal y cortoplacista.

No todos los niños comen lo mismo: se da el caso de niños de la edad, que físicamente se ven más o menos iguales pero comen menos o más y es normal.  Mientras estemos monitoreando que su crecimiento sea constante, podemos serenarnos.

Generemos armonía a la hora de comer

No solo nutre aquello que tu pequeño lleva a su boca con los cubiertos, también tu atención, tu cariño reflejado en los alimentos que le ofreces, tu diálogo y atención en esos momentos constantes en que comparten el pan.

Tan importante es balancear el menú, como generar armonía en los momentos en que como familia compartimos los alimentos. Aprovechemos esos momentos para generar diálogos enriquecedores donde promovamos el buen humor y la convivencia sana.

Deseo que tu mortificación por la nutrición de tu pequeño se detenga, y que -al mirarlo, escucharlo y comprenderlo- la preocupación y agobio por este tema se esfume. ¡Que vivan muchos momentos de armonía y crecimiento juntos al sentarse a la mesa!

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