¿Cómo ser la maestra sustituta de tus hijos sin sucumbir en el intento?

¡Qué dicha que nuestros hijos tengan en casa como maestros a las personas que más los aman en el mundo! ¿Estamos listos para amarlos y contenerlos?

Marilú Ochoa Méndez

Abril de 2020. Plena crisis mundial por el coronavirus. De un día para otro cambió por completo nuestro panorama, y los padres y las madres nos sentimos agobiados y a veces, sobrepasados.

Las mañanas solitarias en casa tomando café, y sacando adelante nuestros pendientes, incluso yendo a trabajar, han dejado paso a días largos y monótonos en que nos absorbe la incertidumbre, el agotamiento mental y la demanda de nuestros hijos que se encuentran en casa necesitados de atención, contención y amor.

La cuarentena que varios países del mundo llevamos a cabo en estos momentos debido al coronavirus  (COVID-19), nos ha obligado a cambiar la dinámica familiar, laboral y educativa radicalmente, y no nos ha dado tiempo de prepararnos, ni de tomar aire siquiera.

Y es que no es lo mismo enviar a los niños a la escuela y ayudarlos con las tareas, que únicamente repasan el contenido, a estar encargadas por un tiempo indefinido, de sacar adelante el aprendizaje completo de nuestros hijos con actividades diseñadas por otra persona, que nos parecen demandantes, complicadas y retan nuestra paciencia.

Sentimos que nos llueve sobre mojado

Y es que el tema no es únicamente tener a los niños en casa y armarnos de paciencia, actividades divertidas y mucha tolerancia al desorden, sino lidiar con el estrés que genera un posible contagio, la necesidad de trabajar desde casa, un panorama económico incierto… También pesa sobre nosotros la responsabilidad de cumplir cada día con las actividades exigidas de temas que no siempre dominamos, expuestos a niños inquietos que perciben nuestra frustración y tensión; y más que exigencia por nuestra parte, necesitan cariño, atención y serenidad.

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Muchos padres se sienten realmente sobrepasados ante este panorama, en el que no tenemos ningún control, pero sí muchas demandas de distintos tipos, y sí, sentimos que nos llueve sobre mojado.

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Nos hace falta un cambio de perspectiva

Ciertamente, la carga que recae sobre nosotros es pesada, pero no imposible de sobrellevar.  Todo depende de cómo miremos lo que nos ocurre.

Podemos sentirnos irritados por tener en casa todo el día a nuestros hijos, o aprovechar la oportunidad que se nos da para conocer a fondo a esos seres tan parecidos a nosotros que tanto nos necesitan y extrañan.

Piénsalo, ¿cuántas horas al día podías realmente convivir con tus hijos? Por convivir no me refiero al diálogo a veces distraído que tienes con ellos camino a la escuela, o mientras le sirves el desayuno o la comida, me refiero a un diálogo donde se miren a los ojos, y puedan hablar de corazón a corazón.

Pueden tú o tus hijos sentirse atrapados en su hogar, obligado a pasar ahí todo el día, hora tras hora, pero también puedes mirar como una bendición que se te regale un tiempo invaluable para valorar, reorganizar y disfrutar el lugar que has elegido para vivir, y que compartes con quien siempre afirmas que es tu mayor regalo: tu familia.

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Cierto, hay mucho que nos agobia, pero ¿has contado tus bendiciones?, ¿te has detenido estos días para agradecer lo que sí tienes, o únicamente estás al tanto de lo que te falta o afecta?

No sé ser «maestra o maestro sustituto»

Los profesores de nuestros hijos la han pasado difícil, pero con su mayor esfuerzo y cariño, han diseñado como mejor han podido, un plan para aprovechar al máximo este tiempo de distanciamiento social sin que se pierda el aprendizaje.

Sí, tal vez algunos no han sido conscientes de que no es lo mismo estudiar desde casa que hacerlo en la escuela.  Seguro se les olvidó que no estudiamos para enseñar, y que nuestros hijos no nos escucharán como a ellos, no por ser desobedientes, sino por la confianza que existe en casa.

Y es que los padres en casa atendemos, damos de comer, solucionamos conflictos, curamos, ¡y terminamos agotados!, sumar a estas actividades el coordinar, explicar, convencer a cada hijo de hacer una actividad distinta, con la presión de entregarlas en fechas límite, puede volvernos locos.

Y lo peor, muchos padres pensamos que tenemos que seguir la pauta que dicta el encargado de Salud Pública de nuestro país o comunidad, o nuestro jefe, o el profesor de nuestros hijos.  Muchos padres sentimos que una gran ola llegó de repente a ahogarnos con su potencia, y hemos sido revolcados.

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La solución es aprender a flotar

¿Flotar?, ¡Sí!, la solución sería nadar de muertito. Lo primero que debe permanecer entero en estos días inciertos es nuestra paz y serenidad mental.

Es nuestra oportunidad de aprender a ser sabios: ser nosotros quienes dominemos la situación, replantearnos el panorama, replantearnos las exigencias e impedir que sean los factores externos los que determinen nuestras acciones, ¡ser dueños de nuestra vida!, ¡ser dueños de nuestro tiempo!

Nuestros hijos son nuestros.  Los maestros son encargados de su aprendizaje en las aulas, pero tú y yo daremos cuentas un día a Dios del corazón, bondad y amor de nuestros hijos.

Este tiempo que se nos regala es para replantearnos qué tanto estamos atendiendo el alma de nuestros pequeños, qué tan conectados estamos con ellos, qué tanto los conocemos.  Si los «soportamos» solamente o nos interesa conocerlos y apreciamos el tiempo que tenemos para compartir.

Flotar y amar

Flotamos cuando soltamos el cuerpo, y extendemos las manos y pies en el agua que nos transporta y relaja.  Otra manera de actuar es luchar contra el medio acuoso, pero eso nos hundiría. Sin embargo, flotando podemos aún respirar, y hasta disfrutar cuando nos relajamos; lo mejor, es que esta actividad no nos agota, sino guarda nuestras fuerzas.

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Hace días me sentía como tú: inquieta, agobiada, temerosa, pero leí una frase que me inspiró, te la comparto: «¡Qué dichosos son tus hijos estos días, tienen de maestra a la persona que mas los ama en el mundo!«. ¿Qué te parece? ¿quieres aprovechar esta oportunidad única para demostrar tu amor a tus hijos?

Ojalá nos animemos, pues como dice Glenn Doman: «Cuando los padres disfrutan realmente la compañía de sus hijos, se convierten en los mejores maestros que ellos puedan tener«.

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Marilú Ochoa Méndez

Enamorada de la familia como espacio de crecimiento humano, maestra apasionada, orgullosa esposa, y madre de siete niños que alegran sus días. Ama leer, la buena música, y escribir, para compartir sus luchas y aprendizajes y crecer contigo.