Jesús te espera y te ama, Él desea consolarte y va a tu encuentro

Aunque muchas veces sientes que buscas a Jesús y no lo encuentras, debes estar preparado, pues Él viene a tu encuentro justo cuando lo necesitas.

Marilú Ochoa Méndez

¿Has intentado comunicarte con una persona que habla un idioma distinto al tuyo? ¡Es dificilísimo! A ti, el mensaje que deseas comunicar te parece obvio, pero por más que intentas, gesticulas y deletreas las palabras en tu idioma, a la otra persona le parecen claves indescifrables.  Se requiere apertura de mente y de corazón para lograr hacernos entender en una situación así.

Debo confesarte que algunas veces, intentando hablar con Dios, me he sentido de esa misma manera.  Cuando los problemas y las inquietudes me aturden, me siento atrapada, y me falta el aire.

Entonces, intento orar, pero ante Él, las respuestas no son siempre como las espero en mi humanidad. Es solo cuando me sereno, respiro, y me abandono en Él, cuando en realidad recibo consuelo, y me siento escuchada.

Jesús me sale al encuentro

Una vez que abro mi corazón a Cristo, descanso, aunque no haya sentido su respuesta directa. Y Él se encarga después, a Su modo, con infinita ternura y amor, de salirme al encuentro. En un comentario inocente de alguno de mis hijos, en una canción, en una lectura que encuentro casualmente.

De esta manera, me impulsa a estar atenta, y tengo oportunidad de dimensionar mi problema, de profundizar en Su respuesta y de redirigir mis pasos, para seguir la senda que Él me va mostrando.

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Es muy bello encontrar claves profundas y sencillas en la vida ordinaria, porque así, continuamente siento la presencia amorosa de Dios, que me hace saber que viene junto a mí a cada paso.

Te cuento una historia de encuentros, en la playa

En febrero de este año, en una playa de Florida, EEUU, un hombre se encontraba disfrutando del sol, el mar y el aire fresco, cuando miró junto a él una enorme cruz de seis metros flotando cerca de él.

Al momento, intentó acercarla a la playa, contando con la ayuda de otros bañistas.  Luego de un rato de trabajo en equipo, lograron que esta pesada cruz de madera, reposara en la arena.

Las personas se asombraron, ¿de dónde había salido esta enorme cruz de madera?, ¿por qué había aparecido justo a la vista de estas personas?, ¿cuánto tiempo llevaba flotando a la deriva?

Jesús se hizo el encontradizo

En cuanto sacaron la cruz, y la colocaron en la playa, quienes estaban en la playa ese día, experimentaron un encuentro especial con Jesús. ¿Qué le habría pedido cada uno en días anteriores en la oración?, ¿qué sufrimientos particulares tendría cada hombre, mujer y niño, que se vieron confortados por esta «diosidencia» (coincidencia divina)?

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Pienso que eso mismo debieron haber experimentado los hombres que vivieron en la época de Jesús.  Algunos llevaban años atorados en situaciones insostenibles, rodeados de sufrimiento, apesadumbrados por vivir bajo el imperio romano que no presentaba ningún respeto hacia su religión, sus costumbres ni su templo. Más de alguno debió haberse desanimado, debió haber perdido la esperanza.

Tú, ¿tienes fe?

Pienso en concreto en la hemorroísa (Mc 5, 33-35). Esta mujer llevaba doce años sufriendo un constante flujo de sangre sin que su condición mejorara. Había invertido todo su dinero en curarse sin éxito. ¡Doce años! Sin embargo, no se había encerrado en su casa a jalarse los cabellos y lamentar su suerte.

Cuando Jesús caminaba por su pueblo, supo en su corazón que debía acercarse. No le importó la gente, ni tal vez su propio dolor. Ella creía profundamente en Cristo, y avanzó a empellones para al menos tocar su manto.

En ese mismo instante, nos cuentan las Sagradas Escrituras, que Jesús se detuvo a preguntar a la muchedumbre quién había tocado sus ropas.  Los apóstoles lo miraron con descrédito. ¡Lo rodeaban tantas personas!. Sin embargo, Jesús, había notado un corazón dispuesto a recibir el Amor que siempre estaba dispuesto a dar a los pobres de espíritu, a las personas llenas de fe.

Entonces, dirige unas hermosas palabras a esta mujer, que -sano su cuerpo- recibió un gran bálsamo en su alma también: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y quedas curada de tu enfermedad».

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¿Tienes tú el corazón dispuesto?

Sufres. Te sientes solo o sola. No eres comprendido. Pasas frío, hambre y molestias. Tal vez te aqueje a ti o a algún ser querido, una terrible enfermedad. Quizá ha muerto alguien muy cercano. Tienes el corazón acongojado.

No permitas que se extienda encima de tu alma la capa gris de la amargura, el desánimo o la falta de fe. ¡Cristo viene a tu encuentro!

Tal vez te preguntes: ¿cómo notarlo?, ¿cómo salir a Su encuentro? Todo tiene que ver con tu corazón, hay que mantenerlo abierto, dispuesto a buscar, encontrar y mantener el calor de Dios siempre dentro de sí.

La clave: dejarse amar

Este idioma loco de amor, es difícil de notar. Sin embargo, si logramos sintonizarnos con Él, nuestra vida cobra un sentido completamente nuevo.

Cuando en tu corazón te preguntes indignado miles de porqués, y te sientas solo, abandonado e incapaz, es cuando más debes abrir tu corazón a Jesús. Y sin dudarlo, debes esperar que Él saldrá inevitablemente a tu encuentro.

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Lo único que debemos hacer es eso: caminar unos cuantos pasos, luchar por mantenernos de pie, creer en Su amor. Esta será la vela encendida que dirigirá Sus pasos hacia tu corazón seco.  Así, Cristo podrá incendiar tu vida con el fuego de la gracia y de su paz.

No desesperes, no estás solo, Jesús es bueno, Él nunca nos abandona.

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Marilú Ochoa Méndez

Enamorada de la familia como espacio de crecimiento humano, maestra apasionada, orgullosa esposa, y madre de seis niños que alegran sus días. Ama leer, la buena música, y escribir, para compartir sus luchas y aprendizajes y crecer contigo.