¡No pases de largo ante alguien herido! Tú puedes hacer mucho por él

Las personas somos un proyecto sin terminar. A pesar de nuestras acciones siempre podemos recomenzar. Tu mirada amorosa puede hacer milagros si lo permites.

Marilú Ochoa Méndez

«Mató a su hijo, y luego se suicidó«, decía una triste nota en el periódico.  Cuando leo encabezados como estos, cierro los ojos con tristeza y desánimo. ¡Cuánto sufrimiento hay en el mundo!, y muchas veces es perpetrado contra los mas débiles, ¡y lo que es peor! por parte de quien más amor debían darles.

Si en tus manos estuviera decidir cuál vida vale más, si la de un padre responsable o la del pobre hombre citado arriba, ¿cuál vida defenderías? Estoy segura que muchos optaríamos en primera instancia por el primero. Sin embargo, estaríamos cayendo en un error.  Ninguno de los dos vale mas que el otro.

Nos incomoda lidiar con personas problemáticas

¿Sabes qué es la «dignidad» de la persona humana? Es un término ya surgido desde los griegos, enunciado por algunos romanos como el ilustre Marco Tulio Cicerón, pero llevado a su culmen por el cristianismo, que reconoce que cada hombre es creado a imagen y semejanza de Dios y por tanto, posee el mismo valor.

Las palabras suenan bien, lo difícil es llevarlas a la práctica en el día a día. ¿No consideras tú -a veces- que una persona desordenada y nociva es mejor tenerla lejos?, ¿no alzas los ojos al cielo cuando tu hijo decide hacer el quinto berrinche del día porque no lo dejas subirse encima de todos los cojines de la sala y lanzarse desde ahí al duro suelo? No nos gusta la gente que es incómoda, que se comporta de maneras no adecuadas, porque tratar con ellos nos exige autocontrol, hacer acopio de toda nuestra voluntad, para mirarlos y atenderlos, o al menos, para evitar que nos dañen.

Y sin embargo, cuando te has comportado mal o has fallado, ¿no es importante que alguien te tienda la mano aunque no lo merezcas?

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Estaré contigo si me aportas algo 

Dios me ha bendecido con verdaderos ángeles en mis peores momentos: amigos que se acercan a mí cuando no puedo darles nada, y me lo dan todo sin medir, de manera constante y con una fina amabilidad.  Valoro en gran medida la presencia de estas personas en mi vida y en la de mis hijos, porque han sido promotores de grandes bendiciones.

Ellos no debían apoyarme, no estaban obligados, pero me vieron en necesidad y acudieron sin dudar a dar la mano.

Esta mentalidad no es común.  Hemos mercantilizado el valor de la persona: estoy contigo si me das placer, si me das buena compañía.  Nos asfixia quien nos pide o demanda algo, pues estamos acostumbrados a la vida cómoda, sin complicaciones. ¡Eso está bien!, me dirás, ¿para qué aceptar en tu vida a personas conflictivas, que te chupan energía? Piensa conmigo, ¿esta resistencia a convivir con quien te exige un esfuerzo es por tu salud o por tu comodidad? Si es por tu comodidad, ¡no pases de largo!

No te invito a sacrificarte, pero sí a mirar y tratar con amor

Me encontraba en una situación económica comprometida, así que acepté un trabajo que sabía que me costaría desempeñar. Mi situación personal y familiar se encontraba al límite, así que me dije a mi misma: «Puedes con eso, todo sea por los tuyos«.  Y así, viví una de las peores experiencias de mi vida: teniéndome que levantar para ir a un lugar donde me sentía inútil, anulada y una completa perdedora.

Ahí estaba yo,  al borde de las lágrimas (como cada día desde hacía meses). Me sentía fracasada e incapaz.  Un día, se dio el diálogo con una compañera de forma natural, no sé si ella sabía qué tan saturada estaba, pero después del encuentro, todo cambió para mí.

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Ella no me abrazó compadecida, ni arqueó los ojos para demostrar que sentía pena por mí. Separó con una delicadeza generosa mi mal desempeño de mi calidad personal, y su visión, me dio la energía de salir de ahí, y rescatarme.

A esta chica le tomó diez minutos renovar mi fe en mí misma. Después de eso, tardé mucho en volverla a ver, y no hemos platicado en bastante tiempo, sin embargo, ella supo regalarme presencia y mirada amorosa en un pequeño encuentro. Pudo haber pasado de largo, y no lo hizo.  No hay día que no agradezca a Dios el apoyo de esta chica, y procuro no olvidar que a veces, las palabras sabias y sanadoras, dichas en un momento de obscuridad, cambian vidas.

¿Eres lo que eres, o lo que estás destinado a ser?

Las personas somos un proyecto sin terminar. Cada momento podemos decidir iluminar o apagar nuestra vida, avanzar o sentarnos. Quien se atreve a ver eso en sí mismo y en los demás, conoce el más hermoso secreto para ser feliz y hacer felices a otros.

Las personas, tristemente, no conocemos a fondo nuestro valor ni el del otro. Nos atrevemos a juzgar y etiquetar a los demás por sus acciones, por su apariencia, por «cómo me cae», por una mala experiencia inicial… y nos perdemos de riquezas enormes.

Sin irnos más lejos, a veces tratamos mal incluso a los miembros de nuestra familia, cuando sus acciones no se apegan a nuestros estándares, o a nuestras exigencias.

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No importa en qué lugar te encuentres hoy, no estás condenado

Para comprender nuestro valor, ayuda mucho compararnos con un billete de alta denominación. El hecho de que esté arrugado, roto, sucio o pisado en nada afecta su valor.

Si tú te encuentras roto, derrotado, desanimado, ahogado entre acciones negativas, lejos de los tuyos, eso no significa que valgas menos que nadie.  Tu riqueza como persona te fue dada gracias al amor de Dios que te creó con inteligencia y voluntad, capaz de lo mejor y de lo peor.

Tus acciones no determinan tu valor, pero pueden potenciarlo.

No importa en qué lugar te encuentres hoy, nunca estás condenado

En las sucias calles de Jerusalén, se encontraba Jesús con sus discípulos cuando escuchó gritos iracundos.  Se acercó y miró a una mujer con sus ropas destrozadas. La habían encontrado con un hombre que no era su marido.  El castigo de la ley judía era claro: debía morir apedreada.  Ella, bajó los ojos con resignación, pero Jesús le dirigió unas palabras que no han perdido su riqueza.

Cristo increpó a los judíos, tan dispuestos a juzgar y castigar a todos,  a que el que estuviera libre de pecado tirara la primera piedra,  y al instante, la multitud se fue dispersando.  No había quedado nadie, y la adúltera miró la pureza en los ojos del Hijo de Dios. Ella sabía que Él sí era libre de pecado. Cristo, entonces, la miró con amor, y le dijo: «Yo tampoco te condeno, vete y desde ahora, no peques más» (Jn 8:11).

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No has sido la mejor persona, has cometido errores, y ellos te han lastimado a ti a los tuyos.  No te regodees en tu tristeza y desánimo, Jesús ha llegado a tu encuentro. No desea que te expongas para que te apedreen, tampoco desea que seas tú quien se lastime.  Viene el Señor a darte su mano y a mirarte con amor. Toma Su mano, y anímate a levantarte.

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Marilú Ochoa Méndez

Enamorada de la familia como espacio de crecimiento humano, maestra apasionada, orgullosa esposa, y madre de siete niños que alegran sus días. Ama leer, la buena música, y escribir, para compartir sus luchas y aprendizajes y crecer contigo.