Nunca es suerte, siempre es Dios

Tu vida no está regida por el azar, eres la obra maestra de Dios que te ama y cuida, Él te conoce y ama "aún antes de que te formara en el seno materno".

Marilú Ochoa Méndez

Hace días, fui a toda prisa al centro comercial, y me encontré con un conocido.  Lo saludé cordialmente con un «¡Hola!, ¿cómo estás?» y seguí mi camino; pero él deseaba responder ampliamente mi pregunta, así que me detuvo y comenzó a contarme sus agobios y problemas.

Había dejado mi bebé durmiendo la siesta en casa, y no quería que despertara sin mí, así que me irrité un poco, y no sabía cómo desembarazarme de la situación.

¿Cuál fue el problema? Él tomó mis palabras en forma literal, como una invitación a abrirse conmigo, y desahogarse, pero yo las lancé sin la intención de detenerme, sino como una frase vuelta costumbre.  ¿Te ha pasado?

Existen palabras metidas en nuestra cotidianidad, que empleamos de manera automática. En sentido literal dicen algo claro, pero la costumbre les da un significado radicalmente opuesto.

Tú, ¿le deseas suerte a otros?

Mi hijo tenía un partido de fútbol, y yo, emocionada, le deseé suerte antes de perderlo de vista en la cancha. Él me miró raro, pero pensé que eran los nervios.  Terminando el partido, mi pequeño filósofo me preguntó la razón de aquella frase, y me pidió explicarle si creía en la suerte.  Entonces me di cuenta de su sabiduría: su mamá le deseaba algo, seguro porque pensaba que sería efectivo hacerlo.

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¡Pero yo no creo en la suerte!. Y entonces caí en cuenta, de tanta incoherencia que vivimos a veces los adultos, empleando términos mal o de manera imprecisa y a veces incongruente.

«Es solo una expresión», me dirás, pero yo te respondo con el refrán de la abuela: «¿Para qué tanto brinco, estando el suelo tan parejo?», ¿es decir,  ¿por qué usamos palabras que no sentimos o en las que no creemos para decir cosas que no queremos decir, solo porque estamos acostumbrados o así se usa?

Ser impecables con nuestras palabras

El libro Los Cuatro acuerdos, sugiere cuatro líneas de vida, que -siguiendo la sabiduría tolteca- nos ayudarán a trascender y a vivir la vida en plenitud. Una de ellas es «ser impecables con nuestras palabras«.

Hoy en día, los jugos para niños dicen «saludable», y llevan dentro cantidades increíbles de azúcar.  En ellos, la leyenda «con jugo de fruta» se mantiene aunque el porcentaje que llevan sea mínimo.  ¿Queremos también nosotros desperdiciar energía, saliva y tiempo enunciando palabras que no queremos decir, o que no nos representan porque «así se usa»?

¿Por qué no comenzar tú y yo a decir «pan» al «pan», y al «vino», «vino»?

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Es buena idea comenzar por lo importante

¿Qué significa desear suerte a alguien? Puede entenderse como un deseo, como la esperanza de que los astros se alineen, o el universo conspire para que suceda lo que esperas.

Pero , detengámonos un momento. Muchos de nosotros creemos en algo muy distinto, que se contrapone con sujetar nuestra vida al capricho del azar.  Creemos que hemos sido creados por un Dios providente que nos ama, que vela por nosotros.

Es como si -frente a tu mamá- le pidieras a la cigüeña el hermanito que nunca llegó. En primer lugar, ella no se daría por aludida, y en segundo orden, ¿de qué serviría? Únicamente como juego.

Pero en la Biblia se «echaban suertes»…

Así es. En la Biblia leemos que en ocasiones se echaban suertes para conocer la voluntad de Dios, esto se hacía reconociéndolo a Él como el dueño y señor del mundo, que nos manifiesta Su voluntad a veces con medios extraños.

El libro de Proverbios, nos dice: «La suerte se echa en el regazo; mas del Señor es la decisión de ella«. De esta manera podemos comprender por qué, los apóstoles, al querer sustituir al apóstol número doce después de la muerte de Judas, actuaron así:

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«Y oraron así: «Señor, tú que conoces el corazón de todos, muéstranos a cuál de estos dos has elegido para que se haga cargo del servicio apostólico que Judas dejó para irse al lugar que le correspondía». Luego echaron suertes y la elección recayó en Matías; así que él fue reconocido junto con los once apóstoles.» (Act 1, 24-26)

¿Qué dice la ciencia?

En 1997, los científicos canadienses Peter R. Darke y Jonathan E. Freedman desarrollaron la BIGLC: «Believe in Good Luck Scale» o Escala de la Buena Suerte en inglés. Su propósito era determinar «la escala para medir la creencia de las personas en la buena fortuna (…) algunos piensan que la «suerte» tuerce los eventos a su favor, mientras que otros sostienen que la fortuna es aleatoria y, por lo tanto, poco fiable«.

De la primer creencia evaluada por Darke y Freedman, se desprende la intención de controlar la suerte con amuletos, costumbres y supersticiones.  Sin embargo, que seas afortunado una vez no te garantiza que siempre triunfes o consigas lo deseado.

Entre sus conclusiones, se encuentra la idea de que sentirnos afortunados nos brinda seguridad y una sensación de optimismo y control que nos hace caminar mas firmes por la vida.

Pero, ¿por qué confiar en algo tan aleatorio cuando nuestra certeza está en el cuidado amoroso de un Dios bueno que nos ama?

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Nunca es suerte, siempre es Dios

Te ha creado, te mantiene con vida y te cuida fielmente. Confía en que siempre caminas de Su mano, y comencemos a reconocer con propiedad nuestra pertenencia a Dios.

Procuremos la impecabilidad. Hablémosle a Dios de manera directa, y dispongámonos a escucharle y obedecerle.

Hoy, te invito a rectificar en tu vivir diario, y brindar el reconocimiento a nuestro gran Dios. ¡Qué hermoso saber que tu vida y destino no están sujetos a capricho sino protegidos por tu Padre! ¿No lo crees?

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Marilú Ochoa Méndez

Enamorada de la familia como espacio de crecimiento humano, maestra apasionada, orgullosa esposa, y madre de siete niños que alegran sus días. Ama leer, la buena música, y escribir, para compartir sus luchas y aprendizajes y crecer contigo.