Por qué Acción de Gracias debería ser un acto diario más que una celebración anual

Agradecer abre puertas que solo conocen los que son humildes de corazón.

Erika Patricia Otero

Escuché hablar sobre Acción de gracias por primera vez en la película «Los valores de la familia Addams». En Colombia no celebramos esta fiesta. Lo que se sabe de esta es a través de los programas de televisión satelital. Desde luego, al ser en su mayoría norteamericanas nos acercan un poco a su cultura, aunque no de forma fidedigna.

Acción de gracias surgió en Reino unido en el reinado de Enrique VIII. En 1536, la reforma anglicana sacó del calendario católico varios días festivos y domingos que impedían que las personas trabajaran. Esos días que ya no se celebraban como festivos, se reemplazaron por días de ayuno o de agradecimiento que se fortalecieron tras cada desgracia.

En América del norte, la celebración tiene sus orígenes en el año 1623 en una celebración en Plymouth. Por supuesto, esto vino con los inmigrante ingleses y se entremezcló con la celebración de la fiesta de la cosecha.

En el judaísmo, acción de gracias se relaciones con  Sukkot (fiesta de las cabañas), que en otras palabras es un día para agradecer a Dios los favores recibidos.

Agradecer a Dios no debería limitarse a un día

No digo que no se debería celebrar Acción de gracias como una fiesta tipo Navidad o Año nuevo. Lo que expongo es que el acto de agradecer a Dios debería ser una acción diaria llena de humildad y fe.

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Agradecer por lo que se recibe y recibirá, demuestra que somos conocedores de nuestra condición humana. Cuando reconocemos que dependemos de Dios para conseguir todo lo que queremos, las puertas del éxito se abren como no tienes idea. Por supuesto, llegar a esto requiere que nos despojemos del orgullo y seamos humildes, pero esto es un proceso largo y doloroso.

Mi historia personal

Hace años, cuando estaba muy alejada de Dios, creía que todo lo que conseguía se debía a mi esfuerzo. No es que así no sea, solo que eso es solo la mitad. Soy consciente que esa actitud era orgullo.

Yo siempre tuve problemas con mi fe, ya se tratará de creer en otros (Dios incluido) o en mí. Creer en mí era un desafío que podía superar porque si quería algo, trabajaba hasta lograrlo. En cambio, creer en otros era igual a depender de algo que no podía controlar.

Depositar confianza me generaba muchas expectativas que si no se cumplían me harían sufrir; por eso lo evitaba. Francamente las cosas no cambiaron mucho; me cuesta creer en los demás, pero en Dios sí sé que puedo confiar. Sin embargo, llegar a esta parte, la de confiar en Dios, me costó tiempo y muchas lágrimas.

Necesidad de ser humilde

Tras tener algún tiempo de buena suerte consiguiendo empleo luego de graduarme de la universidad, llegó el declive. No importaba cuanto dinero y tiempo dedicará a pasar hojas de vida, ir a entrevistas y más, no era capaz de encontrar un trabajo. Me gustaría decir que fueron meses, pero no, fueron años los que pasaron sin que consiguiera un empleo digno. No era que exigiera más de lo que merecía, incluso me conformaba con algo que no tuviera que ver con lo que estudié, pero no salía nada.

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Estaba tan cansada que me dí por vencida. Dejé de buscar empleo y me sumergí en la más amarga de las derrotas. No tenía depresión, de eso estoy clara, lo que sí tenía era una falta de fe que me formaba un vacío imposible de llenar. Yo oraba, pero sin convicción, como maquinalmente. Muchas veces me sorprendí sintiendo envidia y odio por que los demás tenían lo que yo no podía conseguir.

Un día, tras pasarla muy mal comencé a llorar llena de rabia y desesperación. Luego, cuando me calmé, sentí el impulso de arrodillarme y orar. Supe entonces lo que ya sabía; mi error estaba en mi falta de humildad; fue cuando le pedí a Dios que me ayudará a comprender la humildad.

Mi aprendizaje sobre la humildad no fue esporádico, pero llegué a entenderla y pude hacer el cambio.

El proceso del agradecimiento

Lo más interesante de todo es que cuando damos gracias, recibimos muchas más bendiciones. En cambio, cuando nos quejamos de lo que nos falta, lo único que llega a la vida son desdichas.

Con franqueza, de lo anterior me enteré hace poco; sin embargo, fue algo que experimenté en mi propia vida. Todo cambió cuando me forcé a agradecer a diario; sí, porque agradecer no surgió en mí como una actitud espontánea. Lo cierto es que una actitud que en mi nació forzadamente, con el tiempo se convirtió en un hábito diario.

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Hoy día, cuando apenas me despierto, me siento en mi cama y sonrío a la vez que en mi mente doy gracias por un nuevo día de vida y por todo lo que tengo y tendré. Además de esto, todos en casa cuando nos disponemos a comer, damos gracias por los alimentos y por la ayuda que Dios nos da a todos. Lo interesante es que cuando a casa llegan amigos o familiares a comer, como saben que agradecemos los alimentos, se unen a nuestra celebración.

Es por esto que digo que celebrar la festividad de acción de gracia no debería limitarse a un día a finales de noviembre, sino que debería ser una costumbre celebrada a diario; solo así se comprende la magia de agradecer y ser receptor de bendiciones.

Solo me queda pedirte que si tu vida está llena de caos, en este momento intentes implementar la acción de dar gracias. No es una cuestión de creencias religiosas específicas, es más un acto de fe y humildad que solo trae beneficios a la vida.

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Erika Patricia Otero

Psicóloga con experiencia en trabajo con comunidades, niños y adolescentes en riesgo.