Querida partera, ¿podré agradecerte lo suficiente?

En mi inquietud y en mi dolor, tú me dabas aliento. Cuando creí que no podía, tus ojos me recordaban que estaba quebrándome, y que saldría más entera que nunca.

Marilú Ochoa Méndez

Existen trabajos que lucen y se notan. También existen otros escondidos, que por ello escapan a nuestra apreciación y reconocimiento.

Sin embargo, y gracias a Dios, el valor de las acciones que realicemos en esta vida no depende de la aprobación o visibilidad que recibamos de los otros.

Existe también la satisfacción personal, que provoca en cada uno de nosotros saber que hicimos la diferencia, que lo dimos todo. Y -por supuesto- las bendiciones de Dios en esta vida y en la otra, por nuestros servicios hacia los demás.

Sin embargo, hoy quiero invitarte a reconocer una profesión bellísima, importante y poderosa para que las mujeres nos conectemos con nosotras mismas y reconozamos nuestra fuerza: las doulas o parteras.

¿Sabes distinguir el oro?

La pirita y la calcopirita son conocidas como “el oro de los tontos”. Ambos minerales, por su color dorado, han sido usualmente confundidos con este metal precioso. Sin embargo, eventualmente los descubridores del “tesoro”, tienen que reconocer que se dejaron llevar por la emoción, y su descubrimiento no los hará ricos.

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Así es, “no todo lo que brilla es oro”. Muchas cosas encandilan, más que brillar. ¿Notas la diferencia? Cuando algo encandila, nubla nuestra visión y la entorpece. En cambio, aquello que brilla, nos saca de lo cotidiano, llama nuestra atención, invitándonos a mirarlo y apreciarlo.

Es de sabios saber apreciar esos “brillos”, porque algunos son discretos y serenos. Cuando logramos verlos, desarrollamos una sensibilidad que nos hace más felices, pues nos hace reconocer lo bello y lo valioso.

¡Qué diferencia hacen!

No todas las mujeres tenemos la posibilidad de dar a luz acompañadas por una mujer que nos ayude a creer en nosotras mismas y nos dé intimidad, paciencia e impulso.

Muchas, por costumbre, por comodidad, por practicidad o por otras causas, dan a luz en entornos medicados, incómodos y a veces inhumanos.

Yo tuve cuatro partos “medicados”. Visité al ginecólogo al enterarme de mis embarazos, y seguí las consultas confiando ciegamente en lo que el doctor me recomendaba y ofrecía, sin buscar más. Me hicieron la episiotomía, la terrible maniobra de Kristeller y otras costumbres obsoletas mientras yo lo permitía indolentemente porque “no sabía”, o pensaba que era “normal”.

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A Dios gracias, mis tres últimos hijos, los tuve acompañada por una partera maravillosa, dulce y dispuesta, y ¡qué diferencia!

Aunque no es fácil salir de “lo normal”

Algunas veces nos pesa demasiado el “siempre se ha hecho así”. Nos sentimos en cierto punto traidores a “lo común” cuando tenemos alguna idea que parece subversiva e incluso rara.

A Dios gracias, mi marido aceptó acompañarme en esta aventura, de la que recibimos regalos bellísimos.

Parir es un proceso natural. Las mujeres han dado a luz desde el inicio de la humanidad, contenidas por otras mujeres sabias que las guían e impulsan. En algún momento, en esta sociedad mecanizada y enceguecida, pasamos a artificializarlo todo, incluyendo los nacimientos de nuestros hijos.

Cambiar es difícil, porque implica reconectar con nuestro centro, implica volver a creer en nosotras mismas y en nuestra fuerza, implica creer fielmente que la respiración y una mano cariñosa, hacen el mismo o mejor efecto que una inyección de anestesia en la columna.

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Porque la conexión nos empodera

Nuestro bellísimo y maravilloso cuerpo nos saca adelante día a día a pesar de desveladas, mala alimentación, cansancio acumulado y poca atención, pero lo damos por sentado. Por eso, entre otras cosas, nos parece lógico que solo un doctor puede ayudarnos a parir.

¡Cuánto nos perdemos al dejarnos llevar por la “corriente” de lo común! Estas bellas mujeres, que han elegido como práctica profesional diaria el acompañamiento amoroso y experto de guiar la vida humana hacia la luz, ¡están listas para llenarnos de regalos!

En verdad hay magia cuando una mujer de éstas nos recibe, baja la intensidad de la luz, crea un entorno cómodo donde nadie nos apresura y espera.

Te confieso, para mí, de inicio, fue raro experimentar tanta libertad, y reconocer que nosotras somos las dueñas de nuestros parto. Bien guiada, conectada y contenida, tú eres la que sabe qué sigue, y la que puede decidir cómo debe seguir el proceso, mientras la salud del pequeñito no esté en riesgo.

¡Qué labor tan grande han elegido!

¡Gracias! ¡Qué bellas ustedes que se dedican a acompañar a las mujeres a dar a luz! Su labor es inigualable. Su fuerza y serenidad, su conocimiento y delicadeza son un bálsamo para tantas mujeres desconectadas, temerosas, confundidas e inseguras.

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Ustedes, con su suavidad y también con autoridad, nos hacen mirar la gran capacidad que tenemos de fluir, de conectarnos con nuestro instinto, de estallar, de contenernos, de dejarnos llevar, de participar activamente del regalo de dar vida, en vez de dejarnos llevar, mandar y acomodar artificialmente.

Te veo en mi crianza, y te agradezco

Mientras para muchos fui la estrella, antes del parto, con mi vientre redondeado que los amigos acariciaban con alegría. Para ti, fui la mujer necesitada de diálogo, de escucha atenta. Me miraste y esperaste.

Cuando llegué, lista para que nacieran mis hijos, tú estabas equipada con aceites, masajes, rebozos y calma.

En mi desesperación, en mis dudas, en mi inquietud y en mi dolor, tú me dabas aliento. Cuando creí que no podía, tus ojos me recordaban que estaba quebrándome, y que saldría más entera que nunca, lista para atender la vida que Dios me había regalado.

Salí con un bebito precioso, y me felicitaban. Mi esposo y yo, habíamos concebido ese bebé, pero parte de mi fortaleza como madre nuevamente, era fruto de tu apoyo.

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Mi hijo llegaba contenido, sostenido por mis brazos, más fuertes que nunca, por lo inaudito de saberme tan frágil y tan poderosa a la vez, pues horas antes, había logrado de nuevo sobreponerme al dolor.

Salí de la casa de partos, mientras tú, te quedaste ahí, sin felicitación, dispuesta a atender a más madres, enhilando nuevas historias, regenerando una mujer tras otra, con la sutileza de tu sonrisa y potencia. ¡Gracias! ¡Dios te bendiga!

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Marilú Ochoa Méndez

Enamorada de la familia como espacio de crecimiento humano, maestra apasionada, orgullosa esposa, y madre de siete niños que alegran sus días. Ama leer, la buena música, y escribir, para compartir sus luchas y aprendizajes y crecer contigo.