Tesoros de dar a luz en tiempos de coronavirus

Te comparto tres aprendizajes hermosos que me ha regalado Dios al recibir a mi bebé durante esta pandemia. ¡Serán regalos para ti también!

Marilú Ochoa Méndez

«¡Paren al mundo que me quiero bajar!», dice la conocida Mafalda, genial personaje del argentino Quino en un cómic. Yo en verdad quería bajarme del «mundo» en este último embarazo, pero no había cómo.

Con casi ocho meses de embarazo, arreció la inquietud social en México debido a la pandemia por el Covid-19.  La inminencia del parto, mi vida con un bebé nuevo y cómo haría malabares con el tiempo y mis otros hijos, fueron aplastadas por la avalancha de tensión sobre la posible cuarentena, y los cambios económicos, sociales y laborales debido a esta crisis sanitaria.

Mis experiencias del final de mi embarazo, el parto y mi puerperio durante estos tiempos difíciles me han enseñado tanto, que quise volcar en letras esa riqueza y compartirla contigo en estas líneas; acompáñame, ¿quieres?

Todo va a terminar bien

Hay una hermosa alabanza que me ha confortado en momentos difíciles, dice así: «Todo va a terminar bien, porque Dios es grande, porque Dios es bueno. Todo va a terminar bien«.  La complemento con una frase que repite siempre un querido amigo mío: «Todo estará bien al final, y si aún las cosas van mal, es que no es el final«.  Durante los tres últimos meses, he visto el cumplimiento cabal de estas palabras. Te cuento.

Le tenía un miedo terrible al nacimiento de mi hijo.  Tenía la experiencia de otros partos, todo estaba en regla con mi salud y la de mi bebé, pero aún así, no podía dormir.  Me sentía incapaz de soportar los dolores y contracciones cuando fuera el momento, me levantaba por la noche sintiendo mi corazón latir a mil por hora, intranquila e insegura.

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Me sentía a la deriva, sometida a mil fuerzas externas sobre las que tenía el mínimo control.  El parto podría desencadenarse en cualquier momento, y yo no tenía ni el ánimo, ni la seguridad, ni las posibilidades económicas de atravesar ese momento. Creo que muchos durante el confinamiento, hemos experimentado esta sensación.

Afortunadamente, gracias a la oración, fui consiguiendo paz poco a poco.  Sentí claramente que Dios acomodaba todo, y cuando por fin mi corazón se sintió tranquilo, llegó el momento, y recibimos a mi nuevo bebé.

¡Fue tan hermoso! Hoy miro atrás y me impresiona el cambio: pasé de sentirme indefensa y temerosa a experimentar la fortaleza y confianza de que todo saldría bien.

Concentrarme en otros es sanador

Mi recién nacido puso mi mundo de cabeza. «¡Eso no es raro!«, me dirás con razón.  Y es que, justo eso hacen con las familias estos angelitos: ignoran por completo si es día, noche, si mamá o papá están cansados, animosos o felices. Ellos nos expresan sus necesidades, y se depositan en nuestros brazos.

La magia de los bebés es la absoluta confianza y abandono que tienen en sus cuidadores.

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Los adultos estamos asfixiados con los pendientes que nos persiguen, y los bebés nos obligan, nos regalan una pausa. Pero nos cuesta aceptar su regalo.  Parece que en vez de llegar a dar algo, nos quitan.  Nos impiden dormir de corrido, nos hacen estar al pendiente de su pañal, y con todo y eso, ¡nos tienen absolutamente enamorados! ¿cierto?

Es que su regalo es permitirnos crecer gracias a ellos. Nos permiten donarnos. Nos insertan en el alma un resorte que nos hace pararnos al mínimo ruido que emiten. Nuestro corazón se sale de nuestro cuerpo y no podemos hacernos oídos sordos a la necesidad que nuestro bebé expresa, o nosotros intuimos.

Ese fue el primer regalo de mi angelito, sentí que me decía: «Mamá, olvídate de todo, disfrútame a mí.  No importa si es día o noche, abracémonos, ¡querámonos!«.  Tanto amor derramado me ayudó a concentrarme en el ahora, consiguiendo así la paz de saberme la mejor satisfactora de sus necesidades con mi presencia, leche y compañía.

¿Cómo te va a ti con eso?, ¿qué te agobia en estos días? Regodearte en las preocupaciones, en las inseguridades, en los temores solo te dañará. Si tienes contigo a tu familia, a tus padres, a tus hijos, y ellos te necesitan y te distraen de ellas, ¡agradéceles! Dedícate más a ellos y menos a ti, menos a atormentarte y más a donarte. Estarás llenando tu alma de la alegría de hacer feliz a otros, y eso te dará la fuerza que necesitas para enfrentarte al mundo real que tanto te inquieta.

Cada día somos distintos y tenemos millones de oportunidades

El filósofo griego Heráclito de Éfeso (hoy Selçuk, Turquía), decía que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, porque la segunda ocasión, ni el río ni tú serán el mismo.  El problema es que -viviendo tan deprisa- creemos que sí.

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El río de los días y las horas nos arrastra, y llegamos a pensar que el tiempo que tenemos no tiene fin. De la mañana, llegará la tarde, y de la tarde, la noche.  Mi bebé, con sus exigencias urgentes que no dependen del día ni de la noche, me invita a replantearme el ritmo al que estaba acostumbrada, y a valorar la belleza de sus suspiros y de su sueño reparador a las dos de la tarde y a las cinco de la mañana.

Mirando sus fotos en mi celular veo que ha crecido un montón a sus casi dos meses.  No es el mismo bebé rojo y acurrucado, ahora me sorprende con sus ojitos grises e inquietos. Siento que su vida se me va como agua, ¡y llevamos juntos 60 días!  En él comprendo con el alma la afirmación que te coloqué arriba: por mas que deba vivir otros 20 o mas días en cuarentena, ¡ninguno tiene por qué ser el mismo!, cada uno es una hermosa oportunidad de ser más y mejor.

La fuerza de la naturaleza es avasalladora.  Ante ella, podemos solo inclinarnos y asombrarnos.

La potencia de un volcán, la fuerza del oleaje marino y la frescura del viento, avanzan sin importarles el día ni la hora en que deben encontrarse con los hombres y sus «agendas».  El tesoro de la vida de mi bebé ha llegado como un regalo de la naturaleza para llenarme de esperanza, porque comprendo que la vida sigue su curso, que Dios continúa derramando sus bendiciones, continúa dándonos enseñanzas hermosas.

En un mundo ensoberbecido, fenómenos como esta epidemia mundial, nos recuerdan la fragilidad de la vida humana, y el valor de la esperanza.  Renueva tu esperanza conmigo, y agradezcamos por tantos bebés que han visto la luz, porque Dios aún confía que sabremos construir un mejor mundo para ellos.

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Marilú Ochoa Méndez

Enamorada de la familia como espacio de crecimiento humano, maestra apasionada, orgullosa esposa, y madre de siete niños que alegran sus días. Ama leer, la buena música, y escribir, para compartir sus luchas y aprendizajes y crecer contigo.