Siento que he decepcionado a mi hijo, ¿qué debo hacer?

Fallar en algo a nuestros hijos es una realidad, pero jamás debe ser una costumbre. Si has decepcionado a tus hijos en algo debes leer este artículo.

Emma E. Sánchez

Por lo general se habla de los hijos que decepcionan a los padres, pero poco sobre cómo los padres podemos llegar a decepcionar a nuestros hijos.

“Un hombre nunca se recuperará por completo de la ignorancia de su madre”, dijo alguna vez Brigham Young; y tras esta fuerte declaración, habló sobre la importancia de educar a la mujer y ahora digo, yo, de educar a hombres y mujeres por igual, en cuanto a la solemne responsabilidad de criar, educar y formar a un ser humano.

Para todos es sabido que la crianza de un hijo no es sencilla, que el amor es fundamental, pero no lo único, y que la madurez, formación y salud emocional de los padres es esencial.

Por eso, todos los que hemos sido padres, sabemos que en algún momento vamos a fallar y a decepcionar a nuestros hijos. ¡Ojalá esto no sucediera nunca! Pero la realidad es que, lo haremos consciente o inconscientemente. A veces podremos darnos cuenta y otras muchas más ni siquiera nos enteraremos en el momento sino hasta que nuestros hijos tienen la seguridad o las terapias necesarias para hablar del tema.

Si es tu caso, de sentirte mal a causa de tus errores en la crianza, educación o formación de tus hijos, te invito a seguir leyendo y buscar respuesta a tus dudas y algo de consuelo también.

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Uno, la más importante:

Tomar conciencia de nuestros actos atinados o no, en cualquier ámbito de nuestras vidas, no solo es el primer paso, ¡es el más importante!

Si este artículo te llamó la atención, es porque seguramente, algunas ideas sobre el tema te están rondando y tienes algunas inquietudes al respecto.

Te recomiendo: 

Tómate un tiempo para sentarte a pensar y reflexionar en tu pasado, cuando tus hijos eran pequeños o en aquellos momentos donde sientes o sabes que actuaste de manera equivocada. ¿Qué sucedía en tu vida en ese tiempo? ¿cómo te sentías? ¿qué fue lo que pasó? ¿crees que debiste reaccionar de alguna otra manera?  Haz tus anotaciones.

Pregunta a tu esposo o esposa o a quien presenció o supo del incidente si es algo en particular o da el siguiente paso: ve con tu hijo, si ya es adulto y pregunta directamente en qué fallaste con él o con ella.  Este es un ejercicio muy duro, muy fuerte, pero de llevarlo a cabo con humildad, sana corazón mente y alma en ambas partes.

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Cuando somos conscientes del daño que hemos hecho, estaremos en capacidad de sanarnos.

Sanarnos, es el segundo paso

Juan Rulfo, el célebre escritor mexicano, dijo alguna vez: “Nadie  te hará daño nunca, hijo. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron antes que los tuyos.” Y segura estoy que son las mismas palabras que nosotros diríamos también sobre el cuidado y protección que nos esforzamos en dar a nuestros hijos. Y cuando nos damos cuenta que nosotros hemos sido sus propios torturadores, queremos morir.

No temas. Cuando el daño fue en inconciencia el proceso de pedir perdón y resarcir,  se puede lograr.

Por otro lado, si fue intencional, el camino es largo, escabroso y no lo voy a ocultar, es muy doloroso, pero sana, sana a tus hijos cuando pides perdón y eres una nueva persona.

Y ¿sabes?, perdonarte a ti mismo te  traerá paz de mente  y podrás acompañar a tus hijos en su propia recuperación o a la distancia, cuando el daño fue tan duro que no puedes estar cerca de ellos pero sí rogar por su bienestar.

Tercer paso y el mejor de todos: construir o reconstruir relaciones a partir el amor y la honestidad

Durante la adolescencia de nuestros hijos y algunas otras veces más durante su juventud, los hijos manifiestan sus decepciones de manera más dura o cruel a cuando son niños, y solo vemos en su mirada tristeza y decepción.

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En cualquier etapa de vida que tus hijos estén pasando es lo mismo: sé sincero, habla con claridad de lo ocurrido y pide perdón, cambia, y en lo posible, busca resarcir el daño.

Conforme ellos crecen, el asunto se vuelve más complejo, más sentimientos negativos llegan y la decepción se potencializa cuando el padre o la madre, ni reconoce que ha fallado, ni lo acepta, ni cambia y sí repite una y otra vez la conducta inadecuada o el daño.

Si tus hijos son pequeños, comienza a esforzarte en tu mejora personal: examina tus conductas, trata con amor y respeto a tu esposa o esposo o la madre o padre de tus hijos. Si haces promesas, cúmplelas, si te equivocas, reconócelo y ofrece disculpas sinceras.

Si hay algo en tu vida que sobre pasa tu poder de cambiar o dejarlo por ti mismo, busca ayuda, un consejero, un psicólogo, un terapista, un ministro religioso un mediador, un amigo. Haz algo por ti, pues al hacerlo, estarás mejorando la vida entera de los tuyos.

Damos lo que somos, y si nuestra infancia tuvo carencias, fue traumática o tuvimos malos tratos, seguro estaremos repitiendo el modelo de manera idéntica o en su reflejo contario y ambas formas son perjudiciales.

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Ten ánimo, recuerda ese viejo dicho:

Mientras hay vida, hay esperanza, solo se requiere de acción para comenzar la mejora en la vida de quienes te rodean.

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Emma E. Sánchez

Escritora, esposa y madre de tres hijas. Pedagoga, Directora de un centro escolar de educación básica, y asesora de formación familiar. Interesada en el fortalecimiento y formación de la mujer, la familia y el hogar.