Estamos llamados a ser mejores, y hacerlo requiere de estos cambios

Estamos llamados a ser cada día mejores seres humanos. El proceso es doloroso, pero siempre que se logra.

Erika Patricia Otero

Cuando aún era muy joven para ser consciente de la realidad humana, acostumbraba a desear que mis amigas «nunca cambiaran». Mis deseos estaban respaldados en el principio de que eran tan buenas personas que sería terrible que cambiaran; estaba muy equivocada. Al día de hoy, soy consciente de que todas las personas cambiamos, tanto para bien como para mal.

A lo largo de nuestra vida todos pasamos por grandes cambios. Estos se dan tanto en el aspecto físico como en la forma de ser. Sin embargo, nuestros valores y principios también cambian, influenciados por nuestras vivencias. Es así como al recordar diferentes eventos de nuestra vida decimos: «Es que al día de hoy ya no soy capaz de hacer eso».

Cada día nuestro cuerpo cambia y muere un poco

Desde el mismo día de nuestra concepción estamos transformándonos, creciendo y adaptándonos a la vida que nos espera. Ahora bien, en el proceso de crecimiento y envejecimiento, la células de nuestro cuerpo mueren y se regeneran; así es hasta el último día de nuestras vidas.

Nuestros cuerpos cambian para dotarnos de la forma necesaria para avanzar en la vida. Pasamos de tomar leche materna a comer sólidos en cuestión de 3 años. Así es hasta que somos viejos, y al final, si tenemos algo de suerte -y de dientes- podremos seguir disfrutando de esos ricos alimentos.

De la misma manera que nuestro cuerpo cambia para adaptarse, la personalidad, nuestro sistema de valores y las cosas a las que le damos importancia también lo hacen.

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¿Por qué cambiamos?

El cambio es necesario porque sin este solo seríamos seres sin mérito y sin un fin determinado, y ese no es el propósito de la vida. Cambiamos por un proceso de aprendizaje y adaptación al mundo que nos rodea.

Es cuestión de mirar -de nuevo- el proceso madurativo de los bebés. Un niño en su primer año de vida aprende a girar, levantar su cabeza, sentarse, arrastrarse, gatear y finalmente camina. Esto sucede porque es necesario para que pueda valerse por sí mismo. Es así hasta que finalizando la segunda década de vida ya logra su pleno desarrollo físico.

Pese a esto, los cambios en la personalidad y los valores y principios están sujetos a los aprendizajes de vida. Es por esto que a veces, algunas personas criadas bajo una creencia religiosa X, llegada a la adultez decide cambiarse de religión o dejar de creer en lo que le enseñaron sus familiares. Es importante tener en cuenta que todos esos cambios -como dije antes- se deben a las experiencias de la vida de cada uno de nosotros.

El cambio más importante en nosotros: nuestros valores y principios

En lo personal, considero que los cambios que más pueden beneficiarnos o perjudicarnos son los arriba mencionados.

Todos vamos a reaccionar de forma distinta ante una misma situación; aún siendo hermanos. Por ejemplo: la muerte de la madre puede hacer que uno de los hijos sufra una fuerte depresión y otro más -aunque le duela- la supere más rápidamente. No es que la ame menos que quien sufre más, solo es su manera de enfrentar la muerte.

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Quiero ir un poco más lejos y demostrar lo que digo con un ejemplo personal. Tengo un familiar, que siendo un adolescente sufrió un accidente y perdió su brazo derecho. Ahora él es un hombre de casi 60 años que no supo enfrentarse a ese nuevo reto que le puso la vida. Es un hombre lleno de talentos y habilidades, pero la pérdida de su brazo fue algo que nunca superó y usa como excusa para tener una vida desordenada.

Sé que la comparación es grosera, pero tengo conocimiento de cientos de personas que aprenden a lidiar con la pérdida de sus miembros. Muchos aprenden a usar prótesis y son grandes deportistas o profesionales. Puede ser que al inicio la adaptación sea complicada, pero no se quedan pegados en el trauma y superan el daño. Esa es la gran diferencia entre unos y otros: la actitud que asumen para enfrentarse a los grandes cambios de la vida.

Ser una mejor versión de nosotros debe ser una meta a futuro

Por naturaleza humana estamos llamados a ser las mejores personas que podamos ser. Para lograrlo, el que sepamos hacer frente a las situaciones que se nos presentan a diario, es vital.

Lo que nos hace exitosos ante la vida no es cuánto dinero se tenga o lo atractivos que seamos. Lo que nos hace especiales es la manera como enfrentamos los retos de la vida.

Es nuestro deber cambiar conforme la vida nos compele a hacerlo. No se trata de cambiar por cambiar, sino de hacerlo con un objetivo en mente: ser mejor cada día. Sin embargo, ese cambio para mejor puede tardar años. Esto se debe a la incapacidad para comprender el propósito de las pruebas de la vida.

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Algunas personas tardan menos en aprender el propósito de una situación, pero hay otras a las que les toma más tiempo entenderlo. Finalmente, cuando se comprende la razón por la cual pasa algo, se puede avanzar al siguiente nivel. La vida es como si estuviéramos en la escuela, un año tras otro hasta que nos graduamos.

Y ¿qué pasa cuando logramos ser nuestra mejor versión?

Pues que logramos comprender el propósito de nuestra vida en particular. Por si fuera poco, se deja de tener miedo a lo que vendrá y a los problemas de la vida; es de esa manera como se llega a disfrutar de esta experiencia de forma más plena. Todos tenemos nuestro propio ritmo para lograrlo; además, algunos lo logran y otros no. Sí, la vida puede no solo ser feliz al aprender a superar los desafíos, sino muy angustiante cuando no se sabe cómo hacerles frente.

La buena noticia es que todos podemos aprender a tiempo las lecciones. Es cuestión de analizar qué es lo que se debe hacer o no hacer; cuando al final ya lo aprendes, decidir entre el camino correcto o el incorrecto resulta más fácil.

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Erika Patricia Otero

Psicóloga con experiencia en trabajo con comunidades, niños y adolescentes en riesgo.