El amor es … todo lo que nunca te contó una novela

El amor de verdad no tiene que ver con dependencia. El amor de verdad hace que encuentres una mejor versión de ti.

Erika Patricia Otero

Me gusta leer, puedo pasar horas y horas pegada a un buen libro de terror o suspenso; sin embargo, son pocas las historias de amor que atrapan mi atención.

Descubrí estos relatos a la edad de 14 años gracias a la novela colombiana María, de Jorge Isaacs. Aunque el final está lejos de ser lo que se espera, la verdad es que está de primera en mi lista de relatos románticos.

Salté de la literatura hispanoamericana a la inglesa lentamente, y no me arrepiento. Cuando descubrí a la hermanas Brontë y a Jane Austen estaba en la universidad y poco sabía del amor; aun así, tenía una concepción muy diferente a lo que había leído en esas historias.

Mi mente inmadura e ignorante entendía el amor como eterno, perfecto, sacrificado y dependiente; es decir, no se era nada si no se tenía a esa persona «perfecta» a tu lado. Nada más lejos de la realidad.

No es que ahora sepa mucho, pero si de algo me sirvieron mis fracasos amorosos es que sé lo que no deseo en una relación. No espero un hombre perfecto que me ame perfectamente por el resto de mi vida. Tampoco quiero a alguien en mi vida que me necesite como «el aire para vivir»; eso suena bien en una canción o un poema, pero no en la vida real. Tampoco deseo sacrificios.

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En mi vida quiero a una persona que crezca conmigo, aprenda de mí y me enseñe cosas. Tampoco deseo que me necesite; no quiero ser una especie de droga de la cual dependa. Sin embargo, sí me gustaría una relación estable que me ponga los pies en la tierra, y -por qué no- que me haga feliz.

«Estar contigo» no es igual a «te necesito»

Creo que todos en algún momento de nuestras vidas hemos tenido relaciones enfermizas. Considero una relación enferma a aquella donde una de las partes depende del otro. Me voy a atrever a suponer que en parte, la dependencia emocional se deba tanto a la inmadurez emocional así como a carencias afectivas.

Desde mi propia experiencia puedo decir que el amor está lejos de tener que ver con la dependencia. Pero quizás lo que hace peor a este tipo de relaciones es que se presta mucho a que la parte que depende sufra maltrato de todo tipo.

Lo que sí es y lo que no es amor

Amar no es depender. Tampoco es esperar a que el otro haga todo por ti, hasta conquistarte. El amor no es sacrificio, está por encima de eso.

El amor debe ser una experiencia mutua y de crecimiento. En este las partes que se aman están con el otro porque quieren, no porque sientan que se van a morir si el otro no está.

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Cuando una persona ama a otra quiere compartir tiempo con ella, pero también necesita tiempo en solitario. En el tiempo juntos lo que hacen es compartir experiencias y aprender del otro. Esto recibe el nombre de amor maduro.

La verdadera razón por la que muchas relaciones no duran es que no entienden ese concepto. La realidad de muchas relaciones es que esperan sentir las mariposas del enamoramiento durante toda la vida. Eso no pasa, porque conforme transcurre el tiempo, se va conociendo más y mejor a la persona que está a tu lado. Esto hace que comiences a descubrir qué cosas te gustan y cuáles no de su forma de ser; y por supuesto, a él o ella les pasa lo mismo.

Este descubrimiento abre los ojos y te permite conocer a una persona diferente a la que tenías idealizada. Es acá donde pueden pasar dos cosas:

Uno: muere el amor y decides romper la relación para buscar de nuevo alguien que te haga sentir la misma sensación fascinante de atracción y deseo que toda relación inspira al principio.

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Dos: decides que pese a todas las cosas que no te gustan, esa persona de verdad vale la pena.

La opción uno suele ser a la que más personas (de cualquier edad) recurren básicamente por desconocimiento; por fortuna, este (el conocimiento) va llegando de la mano de la experiencia. Al final, las personas aceptan que el amor es mucho más que un cúmulo de sensaciones físicas que le hacen sentir vivo.

Lo genial del amor maduro

El amor maduro, que nada tiene que ver con la edad, es maravilloso porque está libre de las ataduras.

Una pareja que ama de manera madura, no depende de la cercanía de quien ama para sentirse seguro de su afecto.  pueden tener kilómetros de distancia de por medio y con una llamada o un mensaje saben que están ahí el uno para el otro.

Otro aspecto interesante es que no limitan las expresiones de amor al aspecto físico. Saben que el amor no depende de la frecuencia con la que tienen encuentros íntimos, sino que una palabra, un gesto o una mirada basta para decirse cuánto se aman.

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Los amates maduros confían y se respetan. Además, saben solucionar sus problemas hablando francamente; es así como no se «van por las ramas» o niegan que están molestos para fastidiar a su pareja. A ellos no les importa la competencia por quién tiene la razón, ya que el orgullo hace tiempo quedó en el olvido.

Llegar hasta este punto en una relación toma años, pero muchas parejas no lo logran porque el efecto «enamoramiento» acaba luego de un tiempo. La costumbre a sentir esa corriente mágica del deseo carnal hacen que desprecien lo que solo se halla a futuro y con perseverancia.

Por supuesto, no todas las personas son dignas de ese amor ya que son violentas a causa de un pasado doloroso o una enfermedad emocional. Lo cierto, es que debes ser capaz de detectar quién es o no merecedor de tu amor y así mismo dar de ti o huir en busca de alguien que sí te merezca.

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Erika Patricia Otero

Psicóloga con experiencia en trabajo con comunidades, niños y adolescentes en riesgo.